jueves, noviembre 22

El mate

En mi casa siempre se tomó mate. Mis padres tomaban mate cada mañana y cada tarde. Lo tomaban por costumbre, porque si no lo hacía, a mi madre le dolía la cabeza, por evitar la conversación después de muchos años de matrimonio y como punto de encuentro antes y después de la jornada laboral de mi padre. La de mi madre, en casa, limpiando, llevando la economía familiar, cuidando de mi hermano y de mí, no se consideraba jornada laboral por aquel entonces. (¿Ahora si?)
Los vi tomando mate mientras miraban la tele, un partido de fútbol, intercambiando risas o masticando silencios. Los vi tomando mate cuando desayunábamos los cuatro juntos ante la chimenea con tostadas a las brasas con mantequilla y miel. Y también la tarde en que despidieron a mi padre de la fábrica donde había dejado sus neuronas durante 33 años.
Yo de pequeña, tomaba mates dulces con mi abuela Anita o con Yula, la madrina de mi padre. El día que ellas faltaron ya no lo volví a hacer. Nadie en su sano juicio, nadie que realmente le guste el mate puede tomarlo dulce. El mate se toma amargo. El mate no se bebe, se toma.
Cuando comencé a ir a la universidad, no tomar mate era pecado. Y yo, oveja de manada en aquella época, retomé el hábito, que no vicio. Yerba mate con palos, porque estudié en la Argentina. Tomaba mate en ronda de amigos ajenos a las enfermedades de transmisión oral. Lo tomábamos por la mañana muy pronto cuando nos reuníamos a estudiar, con tortas negras, una especie de mini-bollo con azúcar moreno por encima cuando había dinero, o con galleta marina cuando escaseaba. Pero para la yerba siempre había. Siempre, como para el tabaco.
Tomé mate antes de los exámenes, después de ellos para festejar o analizar el por qué de una nota que apenas llegaba al suficiente. Tomé mate estando enamorada pero también aquel día que decidí dejar de sufrir por aquel que no merecía mi amor. Tomé mate mientras lloraba, pero también cuando estaba pletórica de satisfacción, o de amor o de ese sentimiento tan soberbio que nos produce el tener amigos, amigos de verdad.
El mate nos sorprendía cantando al son de la guitarra del amigo del Cachi bajo las estrellas en La Salamanca, en Concepción. E incluso una vez mientras un guardia se nos acercaba a las tantas de la madrugada de un sábado sin pelas en la plaza mayor, para ver si estábamos fumando porros. Anda ya, porros, si no había ni para jamón cocido con qué rellenar las medialunas que nos habían sobrado de la tarde.
Me recuerdo tomando mate mano a mano con mi hermano, cuando decidimos o la vida nos empujó a independizarnos. Mates en aquella casa que mi madre sentenció como “pocilga”. Los mates con la Negra, o en casa de Cristina. Las tardes de planificaciones con Adriana en su casa de Larrañaga. Mates con bizcochos de Doña María, un atentado contra el colesterol y los triglicéridos, pero deliciosamente sabrosos. Las largas tardes-noches con Gustavo en mi piso de la calle Rincón. Los amaneceres de domingo con quien amaba locamente. Mates en la playa tomando sol o en la costanera una tarde de sábado otoñal.
Los mates con la otra Negra y Jackie, o con Diana y el Gringo. Mates acompañada o mates en soledad, pero siempre el mate.

Al venirme a España, me traje conmigo el termo que alguien muy especial para mi aún entonces me había traído de los Estados Unidos, y la bombilla de alpaca que me regaló Gustavo, y la yerba que mi madre me aprontó en la maleta- llorando, seguramente- prolijamente empaquetada para que no se rompiera el envoltorio y el mate forrado de cuero del kiosco de la esquina del Queen. Vaya asco de memoria que no me acuerdo su nombre…

Martín tomó mate por primera vez, en una de las visitas de mi madre al valle. Le hicimos fotos y todo. Ahora, de vez en cuando pide uno, pero se ve que le gustan más los mates de su abuela.
En vano intenté introducir a mi marido en las artes del cebado y tomado del mate. Ahora un kilo de yerba me dura meses. Y la falta que me hace compartirlo con alguien a veces –aún hoy- se me hace espesa.
Me gusta el ruido del agua caliente deslizarse por la bombilla y al caer en la yerba seca tanto como el olor que desprende. Me gusta el sabor del primer mate: amargo, amarguísimo. (Así es mi vida, patrón, pero lo endulza mi canto, decía Pancho). Y me gusta cuando está “lavado”. El mate es amigo, compañero. Cebar un mate es una ceremonia y cebarlo bien, es un arte.
Ahora suelo tomar mate sola, salvo cuando viene la madrina de mi hijo, a su vez mi ahijada, de Madrid. Cuando estoy sola, me hace reflexionar. Cuando estoy acompañada, no puedo tomar mate si con quien estoy no lo hace. Si comparto mates, me invita a evocar, o a simplemente charlar.
Pocos de los que me leéis sabéis de lo que el mate significa para los rioplatenses. Es un sentir popular lo que nos pasa con él. Nadie toma mate porque tenga sed. El mate se disfruta. Te gusta o no te gusta. Pero junta, une, amalgama. Y no sabéis lo solo que puede llegar a sentirse uno cuando no tiene con quién compartirlo.

9 comentarios:

mia dijo...

Y a mi que nome gusta especialmente, me quedó claro lo queahora cuentas que significa, y aprendía de verdad a disfrutarlo, cuando unas señoras encantadoras no pudiendo aguantar más el "destrozo" que con él hacíamos preparándonoslo, nos tiraron todo lo que teníamos hecho,y nos prepararon "El primero como Dios manda"

Así que el día que te haga una visita... descuida,te acompañaré encantada,eso si,tendrás que prepararmelo tú... y no podrás reirte de mi cara ;)

Anónimo dijo...

Varias cosas,la jornada laboral de la mujer en casa,sigue sin ser vista,aunque ahora tiene mejor "prensa".
El mate,lo quiero y lo odio.Durante épocas de poco que poner a la olla,llene la barriga con mate y mortadela y terminé hasta las narices.
El kiosco es el del Cholo?
Cuarto,me harté de cargar con el mate que me regalaron los niños de APRODIME y la matera que me regaló Milton Nan,no por cargar sino porque me cansé de que en cada aeropuerto o estación de trenes al pasar el control,terminaba rodeada de perros antidrogas,con caras de asco de la policía cuando explicabas lo de compartir bombilla
y dando una cátedra del mate.
Ahora ya estan mas enterados,pero las prisas de mi trabajo,no me permiten seguir por la vida dando clases de antropología oriental.
Lo que si añoro es la posibilidad del encuentro,un mate implica comunicación,tiempo dedicado a compartir con otro y eso es impagable.
Un beso

Anónimo dijo...

Mía: Aquí te espero cuando quieras con el mate pronto!!!

Sole: Totalmente de acuerdo con el tema de las amas de casa. El kiosko no es el del Cholo, es el que está en frente al Cambio Fagalde.
A mi también me tocó explicar que no era marihuana!!!! Y decir que no me estaba dando ningún chute. Hasta ahora las señoras mayores del pueblo me siguen diciendo: "ya andas tú bebiendo esas hierbas"
Gajes del oficio.

Vico dijo...

Bettina, haz escrito algo que siento y vivo. Extraño tanto tomar mate acompañada! y es que el mate a solas no sabe igual. A mi la yerba me dura meses...porque ya no tomo como antes. En México, me moría de calor ya que vivía en una de las zonas más caliente del continente, pero de vez en cuando tomaba y jamás encontré un mexicano o mexicana que le gustara!!
Mi ex pareja tomaba uno o dos cuando ya estaba re lavado, pero creo que por acompañarme jeje no porque le gustara.

Yo salí de Uruguay con la matera colgando al hombro, y aquí en US por supu me la revisaron. Así que la yerba terminó en el tacho de la basura. No la dejaron pasar. Pero en México ni se fijaron en mi matera je!

El mate es algo tan personal y tan cálido que no he encontrado nada que lo sustituya. Tenés razón que es una ceremonia, un amigo, uff si vivieramos cerca que lindo juntarnos vos yo y la sole a tomar mate no? abrazos, gracias por el regalo que dejaste en mi blog. Quize compartirlo con todos. Abrazos.

MARIA dijo...

bueno... como siempre hay una esepcion alas reglas...ja

Anónimo dijo...

Charruita: la vida da tantas vueltas que quién te dice. Igual nos sacamos una loteria de esas grandes, yo que se.

Sirena: NO mereces ser rioplatense!!! La única de todas mis amigas que no toman mate. Imperdonable.

Vico dijo...

bettina, no embromes! que un pasaje desde ahi hasta aca no es tanto...y tenemos Disney!!! jajaja

sueños de gorrión dijo...

nena: a mí me gusta el mate algo lavadillo, no soy partidaria de lo muy amargo, entonces te cuento que, entre el Santi y yo circula un chiste interno: él dice que, quien lo oiga va a pensar que es un machista de la gran siete o un hijo de... su santa madre porque me dice: está lavado, podés tomar.
Vos vas a entender el chiste, sin duda.
Me encantó el diálogo con el peque sobre los porros, me hizo acordar cuando Andrés tenía 6 años y me preguntó: Mamá!...(comienzo problemático)yo entiendo todo lo de la mamá, lo del bebé en la panza y todo eso (aviso que estábamos todos en la mesa, al mediodía) pero... ¿para qué sirve el papá?
Nunca vi terminar un almuerzo tan rápido por parte del cobarde de mi marido y dejarme sola explicándole al susodicho lo del óvulo y el espermatozoide... que para la comprensión final llevó varios capítulos.
Besos... ya te tocará.

Anónimo dijo...

Charruita: DEsde que está Disneyland Resort Paris, ya ni se acuerdan los europeos de Disneyworld, pero lo tenfré en cuenta. Demás está decirte que se aceptan donaciones de pasajes para LA!!!

Su: Si, quien no sabe de qué va el tema, o no conoce a tu marido diría que es todo eso que dices, jajajja.
Me asustas con lo del espermatozoide y el óvulo! Seis años!!! Dios, me queda solo uno de respiro!