
Seis de la tarde de un día cualquiera. Me dirijo al super de la esquina y allí la veo, tirada en la acera con un llanto más que desgarrador, es un lamento, es una martirio expresado a viva voz. Ropa de marca, zapatos de tacón con bolso a juego, uñas largas color carmesí. No entiendo. Me acerco, la cojo de un brazo suavemente intentando que se incorpore. No huele a alcohol, tampoco tiene síntomas de haberse metido nada. Me ve pero no me mira. La invito a un café.
- No, no quieres invitarme a un café, tu no sabes quién soy yo.
- Qué más da, se que eres un ser humano que está sufriendo y por eso te invito a un café. Venga, levántate que un cafetito no te vendrá mal y tal vez, si quieres, un poco de conversación. A veces le contamos cosas a los desconocidos que nunca se las contaríamos ni a nuestra familia. Y a veces eso hace bien, sabes?
- A mi ya nada puede hacerme bien.
-Como quieras. Estoy en el super de enfrente, si quieres, cuando salga...
No me contestó, se volvió a tumbar, pero su llanto se iba tornando mortecino. Al salir del super la ví sentada en un banco con la cabeza apoyada en el respaldo como si le pesara la vida. Nos fuimos hasta el bar que conozco bien y se que a esa hora está desierto.
- Fui puta, durante muchos años fui puta.
Y me miró como esperando que me echara a correr ante su confesión. La cogí de la mano. Se le escapó una lágrima silenciosa. Y siguió.
- Fui puta, pero de alto standing, no me iba con el primero que se me cruzara. A mi me venían a buscar. Los tíos me pagaban una pasta por follar, pero otras veces solo por hablar. Así lo conocí a Antonio. El vino recomendado por un amigo suyo. Al principio me pagaba lo que le pidiera por estar con él. Luego empezó a invitarme a salir. Al principio me negaba, era una de las reglas que me había autoimpuesto: no tener compromisos con los clientes. Pero él insistía.
Y así despacito, como arrastrando las frases me fue contando su historia. Tenía tres hijos de tres hombres diferentes. Antonio lo sabía, pero no le importó. Después de muchas idas y venidas se casaron ante la oposión familiar. La de él, por supuesto. Fueron felices durante cinco años. Adoraba a los niños y ellos a él. Fue un hombre respetuoso y cariñoso. Ella le respondió con amor y más amor y fidelidad total. Se mudaron de ciudad, comenzaron una vida nueva. Eligieron un lugar diferente, con gente diferente que no supiera nada de su vida. Con gente que no podía juzgarla más que por cómo jugaba al bridge los martes por la tarde mientras tomaba el té con un grupo de señoras muy aseñoradas. Sus hijos fueron a colegios de pago, se codearon con la crema y nata de la ciudad.
Ayer Antonio murió arrollado por un coche. La vida de Cruz se detuvo un instante. En el tanatorio prácticamente nadie se acercó al rincón donde estaban ella y sus tres hijos de negro riguroso, salvo las pocas compañeras de sus tardes de bridge que ignoraban su pasado oscuro. Del resto nadie la consideró la viuda. Nadie pensó en su dolor; es que para cierta gente las putas no sienten. Y para ellos eso es lo que ella ha sido y será: una puta.
No pudo seguir el relato de lo evidente, de su malestar emocional, de su dolor ajeno a este mundo. Me abrazó, se despidió. No me dio tiempo a decirle nada. Para qué, las palabras siempre huelgan en esos momentos. Salió a la calle como esperando que la brisa fresca le diera un poco de vida a su alma muerta.




















