Recalé aquí buscando calidad de vida y la he encontrado, pero es que resulta que ahora caigo en la cuenta que la definición de calidad de vida, como la de muchos otros conceptos, no es común a todos los mortales, tiene un carácter más bien subjetivo.
Hace muchos años, para mí calidad de vida significaba ganar mucho, tener cierto status social y poder darme el lujo de dormir la siesta sin que sonara el timbre o el teléfono. Tener mi coche, vivir sola y poder tomarme unos días libres al año. Mi propio concepto cambió, desde luego y a Dios gracias. Empero, muchos de quienes me rodean, no piensan así.
Aparentemente calidad de vida, para ellos, es tener el super a la vuelta de la esquina, poder estar en el cine en 10 minutos y poder irse de shopping al Plaza Norte con su Gold Mastercard. Tener iPod, un móvil de última generación, la última laptop del mercado, artilugios de tecnología punta en el salón, la tele de plasma ultrafina con TDT y DVD-player incorporado y poder jugar cada domingo con la PSP o la Nintendo DS después de haber visto el partido del Barça, del Madrid o del Atletic en el estadio o por la tele. Jamás tienen en cuenta que para tener todo esos gadgets y la “diversión” a la vuelta de la esquina, deben trabajar 10 horas de lunes a viernes, ponerse en plan ama de casa los sábados, y el domingo volver después de comer a la capi para evitar atascos. Salir un día antes de vacaciones, una vez más para evitar atascos, y cagarse en su puta vida cada vez que Gallardón quiere arreglar alguna zona de Madrid.
Todo esto viene a colación a raíz de una tarde estupenda que pasé con una amiga que vive a 30 km de mi valle, en un pueblo de 1000 habitantes y a quien quiero y respeto mucho. Divagábamos sobre qué íbamos a hacer con los 75 millones de euros que nos íbamos a repartir ese fin de semana, cuando ella sin saberlo, dispara en mitad de mi corazón, al centro mismo de mi ser: "...y mandar a los niños a un buen colegio en Madrid”. Tocado y hundido. Buen colegio implica colegio de pago, colegio de pijos, colegio de miles de euros al mes, colegio sectario, colegio que despertaría la bestia del consumismo y del cuidado-con-quien-te-relacionas. ¡Madrid! Mala palabra en mi vocabulario de días tranquilos, de días de paz lejos del consumismo capitalino, lejos del ruido y del estrés. No dije nada por no crear una polémica absurda ante un posibilidad en … ¿cuántos miles de millones? Pero algo en mi interior gritó no.
Y desde entonces me cuestioné qué era exactamente calidad de vida para mí. Y me di cuenta que es la calidad de vida que tengo:
- Que mi hijo pueda correr por la calle sin ir de mi mano
- Poder jugar al fútbol con él a las puertas de mi casa
- Despertarme un domingo con el canto de los pájaros.
- Respirar aire puro.
- Ver el verdor de las montañas
- Poder hacer bolas de nieve.
- Oler flores silvestres
- Disfrutar del silencio
- Hacer un asado con amigos
- Ir sin prisas
- No oír cláxones
- No sentir el olor a tubos de escape ni de fábricas
- Poder irme de vacaciones sin tener que esperar tres horas para salir de mi pueblo
- Comer verduras y huevos frescos
- No toparme con nadie si me apetece estar sola
- Disfrutar de un día de compras sin prisas
- Estar alejada del estrés cotidiano de las grandes urbes.
- Disfrutar y agradecer un día de lluvia
Y tantas, tantas cosas más.
Cada uno tiene su propia forma de ver la vida, todas y cada una de ellas muy respetables, pero yo no quiero más ruido, ni más colas eternas, ni impaciencia, ni gritos, ni semáforos, ni atascos, ni ir corriendo al trabajo, ni no saber qué coño hacer cuando mi hijo tiene fiebre y tengo que ir a trabajar. Tampoco quiero luchas de poderes,ni estar embebida en la rat-race ni volver a mezclarme con la crema y nata. Ni competir con nadie para ver quién tiene el mejor coche, el móvil más pequeño y con mayor número de píxeles en la cámara. No quiero tener que maquillarme para salir de casa si no me apetece, ni encontrarme con quien no quiero, ni que mi hijo me diga que las zapatillas de 100 euros que le compré la semana pasada ya no las quiere porque su amigo se compró unas de 150.
Yo quiero esta calma, este saber disfrutar de la naturaleza, este sentirse a gusto cada día, estas ganas de levantarse cada mañana. Estas vistas por mi ventana, este olor a tomillo y a romero, ese vuelo de buitres leonados sobre mi cabeza y este cielo tan límpidamente azul.
Qué coño, yo quiero mi vida, la que vine buscando, la que no cambio ni por 75 kilos ni por nada del mundo. Mi vida, ésta, sencilla, distendida, disfrutable. Y si me saco los 75 kilos los invertiría en más calidad de vida, pero la de mi entender, la sana, una vida en la que no arriesgue sobre todo mi salud mental. En definitiva, otorgarle más calidad a mi vida actual sin salir de donde estoy. ¡Porque esto si que es vida!