lunes, junio 30

Valiente Valentín

Tiene 8 años y es su primera vez lejos de casa, lejos de su familia de tres. Sin embargo fue valiente a pesar de los vanos intentos de disuadirlo. Surgió de él atravesarse España, así, de repente. Le dio igual la lejanía de sus afectos más próximos durante más de un mes. El es buscador de aventuras, de sensaciones nuevas. No se durmió ni un minuto en el camino al valle. Saboreó los colores manchegos, indagó sobre esos molinos que no son los de Don Quijote, festejó los colores de Cuenca sin parpadear. Se maravilló ante la ausencia de atascos a la entrada de Madrid, ese era su gran preocupación, los atascos de Madrid, pero la capital le regaló un atajo que le regaló veinte kilómetros menos.

Segovia le sonaba de algo y al llegar a Soria se supo cerca y se reía. Gafas de sol oscuras que volaron al llegar al valle que lo recibió con agüita fresca.

Ayer se montó por primera vez en un tractor gracias al despiste de su tío dictador que dejó las llaves dentro del coche y lo cerró; él encantado. El valle le guarda sorpresas que él recibe con los brazos y el alma abiertos. Y quien espera milagros con esa ilusión tan grande, los recibe.

Ayer le regalé un viejo cuaderno para que lo use como diario, su primera bitácora, su relato. Estaba agotado pero escribió, con letra pulcra, confundiendo a veces la i valenciana con la y castellana, pero escribió su pequeño gran resumen de este día que el universo coronó con el gol de Torres que festejamos juntos en la capital de la comarca termestina. Un día redondo, especial, perfecto, para él, para su primo, para nosotros.

Ahora son casi las 11 de la mañana y él duerme como un lirón el cansancio de tantas emociones juntas. Anoche cuando se fue a la cama y le pregunté si echaba de menos, me contestó: “es que no he tenido tiempo”. Duerme y descansa Valentxu, que hoy ha salido el sol y nuevas aventuras entre encinares y fuentes cantarinas te están esperando junto vaya a saber cuántas sorpresas más.

domingo, junio 29

Cristina

No abandones las ansias de hacer de tu vida algo extraordinario.

Walt Whitman

Peculiar. Si, esa podría ser la única palabra que lograra adjetivar su vida. Ella sorbe la vida gota, así ha sido toda su vida. Idealista, luchadora por unos derechos para otros de los que no se si ella en realidad ha llegado a disfrutar.
Lectora nata, escritora brillante, madre con mayúsculas, pero por sobre todo mujer. Una mujer que vivió, que sufrió, que se encaramó ante la injusticia, que luchó y aún así se tuvo que dejar encerrar. Idiotas. Como si se pudiera enjaular a un colibrí.
Me enseñó tanto, pero tanto, tanto que si supiera cómo escribirlo tendría que hacerlo en una enciclopedia de interminables tomos. Y ahora, muchos años después, pienso, siento que si no fuera por haberla conocido no estaría yo hoy, aquí. ¿Cómo agradecérselo?
Ella quizás nunca sacó cuentas, quizás nunca rememoró paso a paso mis días junto a ella. Tal vez jamás se sentirá responsable de mi felicidad, pero yo lo se y eso me bastaba hasta hacía poco.
Pero el sábado por la tarde me llamó porque tenía ganas de hablar, pero conmigo. Conmigo que a lo mejor fui la única persona en este mundo que no se ofendía si me decía, “no tengo ganas de estar con nadie, no tengo ganas de verte. Quiero estar sola.” Porque tal vez, nadie como yo, podía llegar a entenderla.
Cierta vez, cerca de su cumpleaños en el frío agosto del sur, me encontré enfrentando la encrucijada de qué comprarle. No cabían en sus estantes ya más libros, tenía una ropa divina, selecta, elegida, particular. En ese momento otro búho de los que coleccionaba se me antojaba un regalo mediocre. Entonces vi un sombrero en tonos grises y negros aleopardado en un escaparate. Un sombrero que seguramente nadie, ni la mujer más atrevida en el vestir de aquella sociedad se hubiera atrevido a ponerse. Así fue como entré a la tienducha y lo pedí envuelto para regalo. El asistente me dijo: “Conozco a una sola mujer en toda la ciudad a la que le puede gustar este sombrero y encima se lo pondría, Cristina Z.” Y era justamente para ella.
Me enseñó a leer y a entender a Whitman, me enseñó que había que “defender la alegría como a una trinchera” y que había un universo inmenso que nos mira. Que cuando estás al borde de tus fuerzas puedes llegar incluso a vender hasta a tu madre porque el miedo a la muerte dolorosa es superior a todo lo conocido. Que el pasado no era más que una sombra lejana, que el futuro no llegaría nunca, ni un minuto antes de lo que debiera llegar y que el bien más preciado era el presente.
Me leía poesía, suya o de otros de una manera que jamás se me borrará de la memoria. (Cómo olvidarme que me leyó casi recitando por primera vez a Benedetti si se me erizó la piel). Me regañaba por empeñarme en asuntos imposibles. Me regaló unos días inolvidables con su madre. Me permitió acompañarla en momentos álgidos. Me regaló su risa, sus horas trabajando conmigo a carcajada limpia en su piso de 18. Me regaló -una tarde cualquiera- una puesta de sol; y otro día una luna llena en su terraza mancillada de plantas mientras sus manos plateadas bailaban como mariposas brillantes ante ambas luces.
Una mujer que ama la vida más que a nada. Una madre entregada a su hijo como pocas hay. La menos egoísta de todas. No la vi de abuela, pero se que es abuela-cómplice, abuela-tejedora-de-ilusiones, abuela-pícara. De esas que regalan anticonceptivos a sus nietas y preservativos a sus nietos, las que le dan la primera calada y le regalan un paquete de tabaco y le enseñan a saber paladear un buen vino.
Y esa tarde, cuando sonó su voz en mi auricular la sentí tan cerca, pero tan cerca, tan cercana, que me parecía que si salía al patio me la encontraría con una coca-cola helada y fumándose un cigarro en medio de un catarro, para que el humo le “abriera un poco el pecho”, semi-sentada en una silla tomando el sol como los lagartos hasta quedarse “como una uva pasa, pero con color, ¡cojones!”
La extraño tanto a veces que si pudiera me la traería de los pelos una temporada. Y ella, al principio, bendeciría mi alma por regalarle esta paz, estos montes, estos cerros, estos trinares de pájaros, estos colores, estos olores, estos sabores castellanos, para después de un tiempo, no demasiado largo, cagarse en mi puta madre por haberla sometido a tanto silencio. Literalmente
Así es Cristina. Divina, vulnerable y fuerte. Suave y ciclón. Mujer y madre. Amante y mujer que sufre. A veces sabia y a veces tonta. Pero Amiga. Mi amiga. (Nunca podrá caber en un papel por gigante y largo que sea lo tantísimo que te echo de menos. Te quiero, Cris)

"Si llego a mi destino ahora mismo, lo aceptaré con alegría, y si no llego hasta que transcurran diez millones de años, esperaré alegremente también."

viernes, junio 27

Sin tetas no hay paraíso: El Libro


Si bien poco tiene que ver con la historia narrada en la serie española basada en el libro – aquí la protagonista es Catalina, y no el Duque-, ese fue el motivo por el cual me hice con este libro: saber como continuaba la historia que Telecinco dejó por la mitad hasta el mes de septiembre. El estilo literario de Bolívar Moreno no es de mis favoritos; demasiadas sucesiones de metáforas encadenas y listas interminables de expresiones separadas por comas que llegan a veces a ocupar una carilla entera. El excesivo uso de detalles morbosos en la narración provoca ganas de dejar la lectura aparcada para siempre. Aún así, nunca dejo un libro por la mitad; y por eso y porque me enganchó la trama, continué hasta el final.
Así fue como descubrí o mejor dicho me enteré de muchas cosas que ignoraba. No sobre los archisabidos efectos de las drogas, de las que poco se hace mención, si no del efecto de los narcos en una sociedad tan fustigada como la colombiana. La historia de niñas y chicos que se venden por el solo hecho de “pertenecer”, por conseguir objetivos lejos de los colegios porque los estudios nunca les proveerán del dinero fácil y rápido que les ofrecen los narcos. Pero el precio a pagar es demasiado alto. Descarté de mi cabeza la idea de que eso mismo debe pasar aquí muy cerca nuestro, pero más por cobardía y por miedo que por falta de raciocinio.
He aquí un trozo del libro que transcribo tanto para que comprobéis el estilo literario del que hablo y para que leáis lo mismo que he leído yo –resumido- en esta página:

“…el problema del narcotráfico no era el envenenamiento de millones de personas en el mundo entero; ni la descomposición familiar de los hogares de millones de drogadictos; ni la fuga de divisas al erario de los Estados Unidos; ni los cientos de jueces, policías y periodistas asesinados en México y Colombia; ni los miles de funcionarios públicos y privados infiltrados por el dinero sucio de las drogas; ni las aduanas envilecidas; ni la financiación de las campañas políticas con dineros ilícitos; ni la inclusión de militares y policías en las nóminas de los capos; ni el muchacho enloquecido pegándole a su mamá y vendiendo las cosas de su casa para pagar su dosis de crack, éxtasis, marihuana o cocaína; ni la descomposición moral de la nación; ni el desmoronamiento ético de todas las instituciones del estado; ni la creación de una clase emergente, económicamente muy poderosa, con ansias de poder político; ni la obsesión de los narcos por la tierra; ni las masacres y purgas internas entre los carteles de la droga; ni el éter, la acetona y ácido sulfúrico destruyendo las neuronas del cerebro; ni paramilitares y guerrilleros cuidando cultivos y vendiendo coca para financiar al guerra. …el problema del narcotráfico era solo un problema de física envidia.

Muy buen final. Absolutamente inesperado. La historia en general, aunque suene inverosímil para una mujer que vive en un pueblo perdido entre montañas como yo, acojona. Cierto es que esto ocurre, lamentablemente.

jueves, junio 26

Norte y sur

Mate con yerba argentina, playa, sol y mar. Muchos mates alrededor. Parece Mar del Plata o Punta del Este, pero no. Las arenas alicantinas finas, doradas dan la bienvenida a sudacas como yo, a los otros sudacas, los de ojos achinados, de indio; mujeres en topless, niños desnudos, viejos en tanga, lecturas variopintas, señoras aseñoradas y con la carne colgando, chavales luciendo tipo. Todos disfrutando del mar, de la tranquilidad de sus aguas, del calor soportable de su arena, del descanso. Todos menos ellos. Ellos no necesitan teñir su piel de color dorado ni de ningún otro color. Ellos no puede sentarse a buscar la paz del mar. Cuando se me acercó vendiendo gafas, pareos que nadie parece comprar, vi sus ojos. Y vi en ellos la misma bondad de los ojos de Jean-Pierre Darroussin en Conversaciones con mi jardinero. No llevaba dinero suficiente, no pude comprarle nada y me sentí pequeña. Pequeña otra vez. Pequeña ante su altura, ante su historia.
Descarté esos pensamientos, no es justo que me embargue esa sensación cuando lo que intento es desconectar, así que miré para otro lado, como hacemos todos. Miré la cabecita dorada de mi principito y a mi diablillo menor saltando en las olas, oí sus risas, y suspiré hondo. Miré para otro lado, como hacemos todos ... y me sentí muy bien.
Cosmopolita, un pueblo cosmopolita, le dije a la Sirena. Tan diferente a las playas del norte, tan recoletas, tan recogidas, tan pequeñas, tan, tan inmensamente bellas. Y no es que esta no lo sea. Todo lo contrario. Es una playa hermosa, pero ayer, sola, mirando el Mediterráneo me entró una moriña impresionante. Tal vez porque este año no toca norte. Tal vez porque este año no podré ir, pero hecho de menos el verdor del norte. Sin embargo, esta playa tan diferente en forma y estilos, me gusta. Mucho. Me trae olores, colores y sabores recónditamente conocidos, tasn lejanos en tiempo y espacio.
Ayer estaba sola frente a la inmensidad del mar y me entró moriña.

viernes, junio 20

Ambos lados del corazón

“Me partiste el corazón…pero al herirlo, lo creaste…
nunca hubiera podido pagarte esto que hiciste en mí…
iluminaste el lado oscuro de mi corazón…
¿porqué decidiste quedarte pobre, dejándome a mí tan rico?”

Nunca me había gustado Darío Grandinetti físicamente aunque lo había visto en películas tan tremendamente importantes en mi vida como por ejemplo, "Darse cuenta". Lo había visto también en infinitud de telenovelas argentinas. Pero no fue hasta que vi El lado oscuro del corazón, que llegué a admirarlo con mis escasos 15 o 16 años.
No se qué me llevó esta tarde a recordar esta película, ni por qué vuelvo dedicarle un post entero. Tal vez el recuerdo de los poemas de Oliverio Girondo o de Juan Gelman, o quizás el recuerdo de mi descubriendo de Benedetti siendo ya adolescente, hecho imperdonable para cualquier uruguayo, pero totalmente natural y comprensible para la hija de una familia de clase media de los 70 o los 80 en la que se prohibía leer a “autores prohibidos, proscriptos, exiliados, subversivos, rojos, comunistas” que escribían cosas "tan aberrantes" como Corazón Coraza o Táctica y Estrategia. O quizás fue el recuerdo de Gustavo contándome que había visto el rodaje de esta escena donde provocaban la lluvia en el puerto de Montevideo, escena en que aparece la voz en off de Grandinetti recitando “No te salves” y donde aparece el mismísimo Bendetti recitando "Corazón, coraza" en alemán.

No lo se, pero me acordé de esa película que había marcado mi vida para siempre con tinta indeleble “y no”. Me hice con una copia y ya la miré otra vez y me la llevo a casa de la Sirena para verla juntas. Si, mañana por la mañana, aún no se por qué camino evitando Madrid, me iré a nadar con la Sirena que esta semana me aguantó la mala onda y el bajón. Me escuchó y aguantó el chaparrón y también me regañó como suelo hacer yo con ella. Así que por lo menos le llevo la peli para poder resarcirla un poco por aguantarme más de una semana .

El cohete rubio hoy hizo pellas(último día de cole) y me anda preguntando que cuándo nos vamos a ver a los primos, porque tiene pendiente una partida de la PS2 con el diablillo menor y quiere ir a la playa. Porque él, que es de secano de toda la vida, ama el mar. Y no le vengas con riachos que a él lo que le va son las olas altas y la arena para hacer castillos, y el "ruidito" ese que hace el mar, y la espuma de las olas que "parecen perritos corriendo" detrás de sus pies.

Tendré que trabajar a diario mientras los tres me volverán loca, y el diablillo mayor me secará los oídos pidiéndome los juegos que le llevo pero él ignora (está castigado, pobrecillo, la cacho de tía guacha que le ha tocado). La Sirena llegará agotada pero nos tocará salir un poco a tomarnos una caña ella, un vaso de cafeína pura yo y ponernos al día a pesar de las largas conversaciones telefónicas diarias, como si no nos supiéramos al dedillo la vida de la otra.

Intentaré al menos una parada por La Mancha a ver a Mía si ya se ha recuperado de su viaje a Toledo y tiene tiempo.

Cambio de aires y volver a despertar "el lado brillante del corazón"

martes, junio 17

Pequeño gran milagro

Viaje hasta Berlanga de Duero en coche, 5 euros. Coca-cola sin hielo en la Posada Los Leones de mis amigos Andrés y Virginia, 1,50 euros. Comida de vicio 50 euros. Encontrase, descubrir semejante tesoro escondido bajo el polvo de una estantería olvidada en la posada, no tiene precio.

Mientras esperaba que se hicieran las cinco de la tarde para poder tomarme el café con ellos y mi cohete rubio entablaba una conversación de alto contenido erótico con la hija de mis amigos de 3 años, yo me escapé a ese rincón olvidado, un poco sonrojada por la situación y otro poco por huir de posibles preguntas comprometedoras. Allí estaban en hilera bajo un manto de polvo blancuzco, uno al lado del otro, perpendicularmente sobre el estante de roble lustrado centenario. Unos bajos, otros altos, unos finos, otros gordos. Los supuse clásicos pero jamás me imaginé que la inmensa mayoría de ellos serían contemporáneos. Soplé el manto y fui repasando con la vista sobrecogida ante tanta maravilla junta, con el alma en vilo, los nombres de los autores.

Me maravilló encontrar una ensalada rusa de autores tan variados como Mario Vargas Llosa, a Benedetti, Zoé Valdés, Almudena Grandes, Isabel Allende, Miguel Delibes, Camilo José Cela, Terenci Moix y Arturo Pérez-Reverte encolumnados sobre clásicos ancestrales como El Quijote o La Ilíada y La Odisea. Sentí el frío punzante de un sable recorrerme la espalda y me estremecí como se puede haber estremecido cualquier hombre de la antigüedad ante la vista de la Biblioteca de Alejandría.

Vivo en un sitio donde la lectura por la lectura misma es considerada holgazanería, y encontrarme semejante tesoro escondido, olvidado en una habitación reservada a la televisión y la diversión vulgar en una posada de pueblo castellano, es un milagro sin parangón.

Acariciando los lomos cubiertos de una nube áspera, me encontró mi amiga y me preguntó a qué se debía esa cara de idiota embelezada. Cuando se lo dije se echó a reír. Al comprar la posada, “los bultos” venían incluidos y como no tenía nada que poner en la estantería de noble madera que pegara más que esos libros, los había dejado donde estaban porque “hacían bonito”. Le pedí que me dejara coger algunos con la promesa de devolverlos intactos al fin de semana siguiente. Me contestó que me los podía llevar a todos si suplía luego el ostentoso hueco que dejarían. Lo dijo con la certeza de estar quitándose de encima un peso inútil y sus pueriles formas me hirieron como un hierro candente. No entendí, no entiendo, no quiero entender. Le agradecí el “gesto”, pero me hace mucha más ilusión poder ir de vez en cuando, olerlos, mirarlos, escoger al azar, por autor, por momento, por situación. No podrían estar mejor en mi casa que ese refugio donde han sobrevivido casi ocho años. Me gusta pensar que al volver los encontraré allí, esperándome a mí, para que los desempolve, los forre de papel de periódico como hago con todos los libros prestados, y los devore letra a letra.

Pequeños milagros que a veces pienso ocurren solamente aquí, lejos de librerías y de bibliotecas. Tesoros que esconde Soria, mi tierra. Tesoros como la biblioteca particular más grande de Castilla y León propiedad de un anarquista bígamo que se niega -de momento- a abrirme la puerta de su casa a escasos kilómetros de la mía. Desventajas que tiene ser la mujer de un dictador de derechas. Pero no todo está perdido, y yo sigo intentando. Al menos ahora me dice que se lo está pensando…

lunes, junio 16

La nada cotidiana


“La- na-da-co-ti-di-a-na. La nada cotidiana, ¿qué quiere decir eso mami?”, preguntó con el libro Zoé Valdés en la mano.

Cómo explicarle a esos cinco años de ojos cuestionadores qué es la nada cotidiana que sufren miles de cubanos en la isla. Cómo explicarle si ni siquiera yo puedo llegar a comprender exactamente lo que se siente cuando te cortan el gas cuando estás a medio cocinar, cuando te cortan la luz cuando estás mirando tu programa favorito, que escuchen tus conversaciones telefónicas, que tengas un trozo de pan para repartir entre las cuatro comidas, que tengas que subir diez pisos por las escaleras sin luz con tu bicicleta a cuestas porque el ascensor se niega a funcionar sin electricidad y cuando el sudor te baja en cataratas por la espalda dolorida.

Cómo explicarle que al leer el libro pensé qué sentiría, qué pensaría el Ché ante esa Cuba, si esa era la Cuba, la América que él quería también o si solo a Fidel se le fue la olla.

La resumí algo, le conté sobre el aburrimiento de una vida que no llena buscando las palabras adecuadas para su edad sin mencionar temas políticos sino la vida insulsa de cualquier persona en cualquier parte del mundo.

Y luego medité sobre el exilio, sobre esos exilios tan diferentes al mío, auto-impuesto, por pura gana. Y me sentí chiquita, pequeñita, diminuta, pecadora, poca cosa. Porque yo no tuve que montarme en un lanchón suspendido sobre cuatro gomas de camión, ni en una patera, ni me fui escapada, ni arriesgué el pellejo al venir. Porque yo al llegar tuve una cama y comida caliente, porque me esperaban en Barajas, porque conseguí trabajo al toque, porque mis papeles no demoraron tanto.

Me sentí culpable por esa falta de patriotismo en mi, porque a mi no me da moriña el estar lejos, todo lo contrario, porque yo no se lo que es que me controlen la vida de esa manera. Porque yo no muero un poquito cada día por las ansias de volver, porque a mi no me sangra la herida del exilio ni me duele la ausencia de mi tierra, ni las ganas de mi patria. Patria. Qué palabra tan grande para algunos, qué vocablo tan sin sentido para mí.

Mi historia no tiene nada que ver con la historia de Patria o Yocandra, ni con la de la Gusana ni la del Lince. Tampoco con la del Traidor o la del Nihilista, entonces no puedo justificar ni a Yocandra ni a la Gusana porque no se lo que es “venderse” por comer ni dejarse esclavizar por un tío, pero claro, yo, como tú, nunca pasé hambre. El hambre desencadena locura, el hambre mata, el hambre te lleva por senderos que no planeaste, te degrada como persona, como ser humano. Ni tu ni yo hemos vivido en "una isla que quiso contruir el paraíso" y lo destruyó.

Y al acabar el libro bajo la luz de varias bombillas, me calenté un café y me di cuenta de que no agradecemos las bendiciones que tenemos a diario. Que dar a un interruptor, abrir un grifo, encender la calefacción o un aire acondicionado son rituales automáticos en nuestras cotidianeidades, pero que no las valoramos. Que damos por sentado que tendremos el pan sobre la mesa y que incluso nos damos el lujo de decir si la comida está buena o no.

Si tenéis oportunidad y no habéis leído el libro, hacedlo, si ya lo habéis hecho disfrutad de los privilegios que gozáis cada día. Yo mientras tanto, entre agradecimiento a la vida y culpabilidad, me sumerjo una vez más entre las letras de la Grandes y mientras Lulú va descubriendo el sexo, yo voy dejando mis cuestionamientos sobre la politiquería y esa América Latina que siento tan, pero tan lejana.

viernes, junio 13

Calidad de vida

Recalé aquí buscando calidad de vida y la he encontrado, pero es que resulta que ahora caigo en la cuenta que la definición de calidad de vida, como la de muchos otros conceptos, no es común a todos los mortales, tiene un carácter más bien subjetivo.

Hace muchos años, para mí calidad de vida significaba ganar mucho, tener cierto status social y poder darme el lujo de dormir la siesta sin que sonara el timbre o el teléfono. Tener mi coche, vivir sola y poder tomarme unos días libres al año. Mi propio concepto cambió, desde luego y a Dios gracias. Empero, muchos de quienes me rodean, no piensan así.

Aparentemente calidad de vida, para ellos, es tener el super a la vuelta de la esquina, poder estar en el cine en 10 minutos y poder irse de shopping al Plaza Norte con su Gold Mastercard. Tener iPod, un móvil de última generación, la última laptop del mercado, artilugios de tecnología punta en el salón, la tele de plasma ultrafina con TDT y DVD-player incorporado y poder jugar cada domingo con la PSP o la Nintendo DS después de haber visto el partido del Barça, del Madrid o del Atletic en el estadio o por la tele. Jamás tienen en cuenta que para tener todo esos gadgets y la “diversión” a la vuelta de la esquina, deben trabajar 10 horas de lunes a viernes, ponerse en plan ama de casa los sábados, y el domingo volver después de comer a la capi para evitar atascos. Salir un día antes de vacaciones, una vez más para evitar atascos, y cagarse en su puta vida cada vez que Gallardón quiere arreglar alguna zona de Madrid.

Todo esto viene a colación a raíz de una tarde estupenda que pasé con una amiga que vive a 30 km de mi valle, en un pueblo de 1000 habitantes y a quien quiero y respeto mucho. Divagábamos sobre qué íbamos a hacer con los 75 millones de euros que nos íbamos a repartir ese fin de semana, cuando ella sin saberlo, dispara en mitad de mi corazón, al centro mismo de mi ser: "...y mandar a los niños a un buen colegio en Madrid”. Tocado y hundido. Buen colegio implica colegio de pago, colegio de pijos, colegio de miles de euros al mes, colegio sectario, colegio que despertaría la bestia del consumismo y del cuidado-con-quien-te-relacionas. ¡Madrid! Mala palabra en mi vocabulario de días tranquilos, de días de paz lejos del consumismo capitalino, lejos del ruido y del estrés. No dije nada por no crear una polémica absurda ante un posibilidad en … ¿cuántos miles de millones? Pero algo en mi interior gritó no.

Y desde entonces me cuestioné qué era exactamente calidad de vida para mí. Y me di cuenta que es la calidad de vida que tengo:

- Que mi hijo pueda correr por la calle sin ir de mi mano

- Poder jugar al fútbol con él a las puertas de mi casa

- Despertarme un domingo con el canto de los pájaros.

- Respirar aire puro.

- Ver el verdor de las montañas

- Poder hacer bolas de nieve.

- Oler flores silvestres

- Disfrutar del silencio

- Hacer un asado con amigos

- Ir sin prisas

- No oír cláxones

- No sentir el olor a tubos de escape ni de fábricas

- Poder irme de vacaciones sin tener que esperar tres horas para salir de mi pueblo

- Comer verduras y huevos frescos

- No toparme con nadie si me apetece estar sola

- Disfrutar de un día de compras sin prisas

- Estar alejada del estrés cotidiano de las grandes urbes.

- Disfrutar y agradecer un día de lluvia

Y tantas, tantas cosas más.

Cada uno tiene su propia forma de ver la vida, todas y cada una de ellas muy respetables, pero yo no quiero más ruido, ni más colas eternas, ni impaciencia, ni gritos, ni semáforos, ni atascos, ni ir corriendo al trabajo, ni no saber qué coño hacer cuando mi hijo tiene fiebre y tengo que ir a trabajar. Tampoco quiero luchas de poderes,ni estar embebida en la rat-race ni volver a mezclarme con la crema y nata. Ni competir con nadie para ver quién tiene el mejor coche, el móvil más pequeño y con mayor número de píxeles en la cámara. No quiero tener que maquillarme para salir de casa si no me apetece, ni encontrarme con quien no quiero, ni que mi hijo me diga que las zapatillas de 100 euros que le compré la semana pasada ya no las quiere porque su amigo se compró unas de 150.

Yo quiero esta calma, este saber disfrutar de la naturaleza, este sentirse a gusto cada día, estas ganas de levantarse cada mañana. Estas vistas por mi ventana, este olor a tomillo y a romero, ese vuelo de buitres leonados sobre mi cabeza y este cielo tan límpidamente azul.

Qué coño, yo quiero mi vida, la que vine buscando, la que no cambio ni por 75 kilos ni por nada del mundo. Mi vida, ésta, sencilla, distendida, disfrutable. Y si me saco los 75 kilos los invertiría en más calidad de vida, pero la de mi entender, la sana, una vida en la que no arriesgue sobre todo mi salud mental. En definitiva, otorgarle más calidad a mi vida actual sin salir de donde estoy. ¡Porque esto si que es vida!

miércoles, junio 11

¡Que viva la vida!

Alguna vez leí por ahí que los Géminis curamos todas nuestras “nanas” durmiendo, y una de las personas más maravillosas que he conocido en mi vida, Margarita (the witch) siempre me decía “sleep on it” cada vez que algo me preocupaba.

El lunes salí de la clínica oftalmológica sintiéndome tan derrotada como pocas veces en mi vida; cabeza gacha, hombros cargados, vista perdida, paso lento y sonrisa inexistente. Ni mi miopía ni mi córnea admiten el Lasik (láser). Pero si la cirugía refractiva intraocular, es decir el implante de lentillas intraoculares. Los inconvenientes: la operación vale exactamente el doble y la cifra asciende a tres ceros, las lentillas se fabrican en Suiza y demoran dos meses en llegar, en agosto, cuando yo tengo vacaciones, el cirujano también y en septiembre no tengo que me sustituya con las traducciones.

Y “dormí” sobre mi problema y a la mañana siguiente todo pareció y sigue pareciendo solucionable. Primero porque estoy viva, segundo porque puedo reunir el dinero y tercero porque si pude esperar cuarenta tacos, puedo esperar unos meses más, ¿o no? Ergo, no hay problema. Menos aún cuando hay ciertos privilegios que no me puedo dar el lujo de disfrutar, como el de dejarme agobiar por lo que pueda ocurrir dentro de veinte años. La vida es hoy, cada día tiene su propia aflicción como para andar uno pre-ocupándose por los de mañana que igual dentro de veinte años estamos empujando las margaritas desde abajo hacia arriba.

Así que no se si fue porque mi amiga Amelia me echó a la mierda de su casa con la córnea dilatada aún y me montó en el 137 hacia La Vaguada a que me fuera de compras sola, o si porque hace unos quince años decidí que nada de lo que hubiera de venir sería peor de lo que me pasaba entonces , pero me sentí bien, muy bien. O cuando le sentencié a la Sirena que la semana que viene me voy a invadir su casa, que no a ella, que ya tiene lo suyo, pero reviví. Y cuando esta mañana el abrazo de mi principito me entibió el alma y “se me vino todo el amor de golpe”, me sentí bendecida, me sentí grande y me sentí viva.

¡Qué viva la vida aunque aún se vea borrosa por la mañana (pero por poco tiempo)! Si, ¡que viva la vida!

lunes, junio 9

Vente pa’ Madrid

¡Qué más remedio! Lunes por la mañana, atasco en la M30, crúzate tres carriles para entrar de lleno en Begoña y no tener que dar la vuelta por el Ramón y Cajal. Yo me encomiendo a mi ángel de la guarda y con la seguridad que da ir conduciendo mi Nissan del 96 con la puerta del acompañante abollada, me tiro, que igual tengo suerte y algún seguro me arregla la puerta, y que piten si se mosquean. Una vez logro entrar en el barrio mi entra una risa incontrolable. ¡Os he vencido españolitos madrileños! Aparcar es otro tema, quince vueltas hasta lograr un hueco sospechoso. Llego a la casa de mi amiga Amelia y le pido la tila de ritual.
Detesto Madrid por sistema. Odio Madrid en un día de lluvia como hoy. Esta tarde vuelvo al valle y aquí os quedáis con vuestros cláxones, con vuestros atascos, con vuestra bulla y vuestro ruido con tan pocas nueces.
Yo me iré ya con día y hora para que una lucecita mágica me quite los dos culos de botella que me han acompañado desde hace treinta años. Algo tendré que agradecer a Madrid…
(Fácil ser “valiente” cuando se sabe que nadie que te lee vive en Madrid)

domingo, junio 8

MALENA ES NOMBRE DE TANGO


Malena tiene diez años cuando recibe de manos de su abuelo el último tesoro que conserva de la familia; una esmeralda, con la única condición de no hablarle de ella a nadie. Si cumple la promesa, la joya, podrá, algún día, salvarle la vida.
Hasta este instante Malena rezaba para convertirse en un niño, al presentirse que jamás conseguiría parecerse a su hermana melliza, Reina, una niña modelo que parece destinada a ser la mujer perfecta. A través de su abuelo y su tía Magda, Malena comienza a sospechar que no es la primera Fernández de Alcántara incapaz de encontrar su lugar en el mundo que la rodea. Siente sobre ella la sombra de una antigua maldición que afecta algunos miembros de la familia.

Con el paso de los años irá separándose de la influencia de su hermana y aprenderá a mirarse, como en un espejo, en el secreto pasado de sus antepasados.
En sus relaciones con los hombres y su familia, y con su hermana Reina siempre presente, Malena descubrirá que no hay otra maldición que la vida, ni otra culpa que atreverse a vivirla.

Alguien dijo que esta novela "fluye con un caudal verbal torrencial y con un denso tejido de historias de la mejor ley...", y estoy plenamente de acuerdo. Uno de los mejores libros que he leído últimamente. Con la Grandes si que repetiré. Desde luego.

jueves, junio 5

Montecristo

Yo fui niña en los setenta; niña rebelde y responsable. Fui muchas cosas, y entre ellas fui ignorante de lo que ocurría a mi alrededor, a nuestro alrededor. En mi casa de repetía una y otra vez, “de eso no se habla”. Pero mi adolescencia me llevó a cruzar el charco y a conocer una realidad que no conocía, una realidad que me envolvía y me acechaba pero que era muy ajena a la cajita de cristal en la que yo vivía.
Hace ya un tiempo estaba mirando una serie argentina en Sony que me ha atrapado: Montecristo; un amor, una venganza. Pero como siempre parece que no ha tenido el rating esperado y la han quitado de la parrilla de Sony (VeoTV 2) de la TDT). La serie, por demás atrapante, muestra en parte la realidad de aquellos días de mi niñez cuando “ellos” se llevaban a mujeres embarazadas y vendían a sus hijos. Cuando “ellos” mataban gente por el mero hecho de no pensar como el dictador de turno. Cuando “ellos” torturaban y asesinaban gente por expresar su rabia contra la injusticia. Cuando la desaparición de personas, el robo de niños, la tortura, el asesinato y la impunidad propios de las dictaduras del Río de la Plata se hacía presente.
Y mirando esta serie me he preguntado más de una vez, qué hubiera sido de mis primas si mi tía hubiese caído junto a mi tío que le tocó pagar la pena de 6 años en la cárcel por tirar panfletos en contra del gobierno. Y me pregunté qué hubiese sido de mi primo Tito, si en vez de haber sido peluquero, con la tranquilidad que otorgaba tener un oficio al hacer el servicio militar, hubiera sido destinado a otro lado, portando armas y matando gente.
Y mientras tanto en mi casa se escuchaba a Raphael cantando "Yo soy aquel”. Ironías de la vida, la canción que totalmente remasterizada sirve de introducción a Montecristo. Entonces me pregunto qué no habría hecho yo si me supiera hija de desaparecidos. Yo que no ceso en mi necesidad de buscar mis orígenes, de saber de dónde vengo exactamente a pesar de haber vivido con mi familia toda mi vida en sur, a pesar de saber realmente quienes son mis padres y mis abuelos. Y entiendo y me solidarizo con esas abuelas, con esas madres y con esos hijos que no han tenido la suerte de saberlo, como tú y como yo.

Aquí os dejo el enlace de las Abuelas de Plaza de Mayo donde podréis leer más sobre este tema, que lamentablemente hoy sigue siendo de actualidad porque aún hay 500 de estos nietos que no se han localizado.


lunes, junio 2

Malena es un nombre de tango

Uno de los mejores libros que he leído últimamente. Aún no lo acabé, me faltan algunas páginas, pero necesito plasmar esto en este diario ahora, por motivos que ignoro. O tal vez no tanto…

“…y se volvió para mirarme, y en aquel instante comprendí con una aterradora precisión que hasta entonces mi vida no había sido otra cosa que su ausencia.”
(Malena al conocer a Fernando)

“Mírame, Malena, y escúchame. He vivido casi medio siglo, he pasado por tragos mucho peores, y he aprendido que sólo cuentan dos cosas. Una, y esto es lo más importante – se inclinó hacia delante y tomó mis manos para apretarlas entre las suyas-, que nadie te va a poder quitar en tu vida lo que has bailado ya. Y dos, que a pesar de las apariencias, no pasa nada. Nadie mata a nadie, nadie se suicida, nadie se muere de pena, y nadie llora más de tres días seguidos. A las dos semanas todos vuelven a engordar y a comer con apetito, te lo digo en serio. Si no fuera así, la vida se habría extinguido en este planeta hace varios milenios. Piénsalo y te darás cuenta de que tengo razón.”
(Su tío le habla a Malena después de perder a su amado amante.)