
- Salud







Las nuevas generaciones van pidiendo paso, y yo que soy muy respetuosa en esos asuntos, abro camino, abro caminos. Este es mi nuevo espacio en construcción. El cohete rubio ya quiere hacer los deberes en su habitación por lo que mi/nuestro escritorio es ahora ya, por fin, SU escritorio, su espacio y su territorio.
Por consiguiente, la que otrora fuese la habitación de invitados-biblioteca pasa a ser una mini biblioteca con textos pura y exclusivamente en inglés, libros de texto, diccionarios y tesauros, en desarmonía con un ordenador portátil e impresora enfrentándose a una bici estática que se niega a acoplarse al ritmo de mis cuarentonas piernas, por ende empeñándose en ejercer de torpe perchero.
A esta nueva situación, súmesele el hecho de que el acceso a Internet es paupérrimo.
Yo abro caminos, pero la casa se niega a ofrecerme, de momento, mi espacio luminoso (que lo es pero no tanto); un sitio en exclusiva.
Dicho esto, debo admitir que me gusta oír al cohete rubio en la habitación de al lado, luminosísima, espaciosísima y con estupendas vistas mientras yo me resigno con mucho gusto a la habitación de invitados carente de tanta luminosidad y con las escasas vistas a la casa de “la” Concordia y “el” Eusebio.
* Las fotos son sacadas con mi móvil de 50 € porque me he cargado la cámara de fotos, así que disculpen ustedes la calidad.
** Arantxa, ¿a que te gusta la decoración?
Hace tanto que no iba a andar por gusto, por placer. Sin ir más lejos desde aquel día en Pasaia con Arantxa. Venía de trabajar y me crucé con ellas dos. Treinta años de diferencia entre una y la otra, dos historias tan paralelas, pero tan diferentes.
Ella andaba deprisa, hablaba deprisa, gesticulaba deprisa. Como si la vida se le acabara al final del recoveco del camino nada más pasar la Fuente de los Huertos, justo ahí, en los espinos, donde en invierno la nieve se arremolina y lo cubre todo por encima del metro.
A veces uno empieza hablando de trivialidades y acaba metiéndose en berenjenales de mucho cuidado. Y al oír cosas como las que dijo, medio riéndose, medio avergonzada, uno quisiera fundirse con el agua de la fuente y desaparecer entre los campos de trigo verde del mes de mayo.
Nos confesó que la habían casado porque su madre había quedado viuda y alguien tenía que labrar la tierra. Eran todas mujeres, y se necesitaba un hombre recio que apechugara con las tareas del campo. La casaron con menos de 17 años con un hombre diez años mayor que ella. No sabía nada de hombres, ni de parir, ni de hijos, ni de sexo. Ella que lo único que sabía de la vida era que ésta le había arrebatado a su padre junto con la ilusión de un primer amor que nunca llegó y si lo hizo ella debió haberlo ahogado bajo su sayo, o quizás lo enterró simplemente en el olvido.
No se queja, pero las palabras brotan en cascada, como si al decirlo se le alivianara el alma. El alma, solo el alma, porque su corazón, seguramente, pese irremediablemente como la lápida que cubrió aquella vez el cuerpo de su padre, al que tal vez jamás le perdone haberse marchado.

Soy la tercera de 9 primos. Nueve primos que corríamos por la calle 33. Nueve primos que cantábamos bajo la lluvia, que nos revolcábamos en los charcos, que trepábamos los ciruelos llenos de frutos amarillos o morados. Soñábamos encima de las higueras a la hora de la siesta, nos bañábamos en la pileta de lavar las verduras del Tata, corríamos alrededor de una noria que fue pero que nunca vimos. Nos escondíamos en nuestro escondite secreto debajo del jazmín de la Nona. Juntábamos trozos de porcelanas que recogíamos producto de varias horas bajo el sol uruguayo de enero. Bochorno, pies descalzos y mucha, pero mucha imaginación. Imaginación a raudales.
Cada uno de nosotros tenía, como no puede ser de otra manera, sus individualidades además de un apellido en común: el apellido italiano del Tata. Ojos claros y rubios, la gran mayoría de nosotros y traviesos, si, pero sin pasarnos.
La alfalfa y la avena para la yegua que araba la quinta eran sitios deliciosamente prohibidos y frescos y suaves donde tumbarse a la hora de la siesta. El agua fresca del pozo que enceguecía si tocada por algún impertinente rayo de sol, fue testigo de grandes representaciones teatrales.
Pero de todos ellos, dos eran especiales para mí, el que me precedía: Sergio, y la que me sucedía: Carolina; Carola por aquel entonces.
Mal genio, igual que el mío. Mucha imaginación: como la mía. Ojos avispados, como los míos. Inteligencia aguda, perspicacia, locuacidad. La vida se empeñó a cruzarnos los caminos. Cuando ella estuvo en Bilbao yo aún seguía en el sur. Cuando yo me vine al norte, a ella ya le había reclamado el "río como mar".
Hacía ya que no estábamos en contacto, más que nada, supongo, por culpa de estas dos cabezas demasiado estructuradas. No recuerdo jamás haber discutido con ella. Solo con mirarnos nos hemos entendido siempre. Hoy, solo con escribirnos siento que sabemos exactamente de lo que la otra no quiere hablar o lo que a la otra le está pasando o de lo que quiere decir entre líneas.
Y haciendo una vez más uso de mi imaginación, no puedo evitar imaginarnos, no demasiado lejos en el tiempo, abrazadas mirando Arantxipía, el sitio donde seguramente empezó, en el siglo XIX, a cocinarse la historia de nuestras vidas.
Diez meses sin fumar y ocho kilos demás (ya he perdido dos y sigo en cruel lucha por los otros). El médico insiste en preguntarme si no tengo ganas de fumar. No, solo pienso en comer, y cada vez que me pongo límites, que no a dieta, sueño con pastelitos de dulce de membrillo, con panqueques de dulce de leche, con fresas, si, pero con kilos de nata montada, y no de la Asturiana, no, sino de la montada en casa, con más grasa, colesterol y con muchísimo más azúcar añadido y sin añadir. ¿Quién va a tener tiempo de pensar en fumar si solo piensa en las tostadas del desayuno?
La batalla está ganada, pero la guerra es de por vida. Un fumador nunca es un ex fumador. Una calada, un cigarrillo y vuelves a caer.
He pasado ya por todas las etapas. He llorado, me he sentido sola, me he sentido superior a los que no lo pueden dejar, me he sentido desvalida, me he sentido desfallecer, me he cagado en todo y en todos, he subido a los cielos y me he auto-sepultado en los infiernos de la falta de la droga a veces y otras simplemente del cilindro tóxico. Ahora solo pienso en que el bikini no me entrará ni de coña y que con ocho kilos encima no voy a la playa ni en bañador.
Todo esto y la crisis existencial por la que estoy atravesando, que no la de los cuarenta porque acabo de hacer 42, me están alborotando las neuronas y también las hormonas para qué negarlo. Estoy en transición, presiento que grandes cambios se avecinan y cuando eso ocurra temblará la tierra y alguno se enterará que a veces, aunque solo a veces, el perro que ladra, también muerde.

Era una tarde cualquiera de abril donde por no haber no había ni siquiera brisa. El paisaje castellano me daba la bienvenida a casa. Llevaba ya más de una semana en cuerpo presente pero mi alma se había quedado envuelta en el olor de la ría de Pasaia y Castilla reclamaba ya mi esencia.
Partimos rumbo seguro, anhelado pero casi olvidado. Es increíble cómo puede uno llegar a olvidarse de lo que tiene en un abanico de 15 kilómetros. El Castillo de Caracena nos saludó desde el valle mientras un par de buitres buscando carroña nos coronaban desde el cielo gris plomo.
Amenazaba lluvia, pero eso no amedrenta nunca a un viajero.
Llegamos al pueblo abandonado, de calles de piedra de antaño bajo una alfombra blanca de flores de almendro. Un coche nos impedía acceder al pueblo hasta que un buenmozo peinando canas nos advirtió del mal estado de los caminos.
Ella lo miraba de reojo, casi avergonzada pero con esa cara que solo se muestra después de haber amado. Era una chica corriente, pelo despeinado. Había llegado por casualidad escapando de su soledad, según nos dijo.
Lo que nunca dijo, pero advertimos, era que además de haberse quedado prendada del paisaje, como nosotros, se había quedado prendada del buenmozo que peinaba canas. Del ermitaño de siglo XXI que la miraba cada dos palabras que pronunciaba. Alba, se llamaba Alba, como el amanecer.
No quisimos seguir interrumpiendo tanta magia. Nos fuimos deprisa hacia la fuente donde aún quedaban rescoldos del invierno, pero una catarata de agua fresca se arremolinaba en un estanque de ensueño a la vera de un molino arrugado y bañado en herrumbre.
El Duero bañó la tarde de esperanza sobre el puente romano que la civilización no se ha atrevido a desplumar, quizás por pudor, quizás por sentido común o quizás porque aún hay cosas que no deben cambiar de sitio ni desaparecer. Porque lo viejo lleva consigo una belleza solo comparable a la belleza que se arraiga entre flores de almendro, entre aguas cristalinas o entre unos dedos jóvenes que acarician un pelo blanco por primera vez.
Salís de tu casa, por Arenales, lo de siempre en la calle y en vos.
Cuando de repente, detrás de un árbol, me aparezco yo:
Mezcla rara de penúltimo linyera y de primer polizonte en el viaje a Venus;
medio melón en la cabeza, las rayas de la camisa pintadas en la piel;
dos medias suelas clavadas en los pies;
y llevo una banderita de taxi libre levantada en cada mano.
¿Te reís? Pero solo vos me ves… Porque los maniquíes me guiñan,
los semáforos me dan tres luces celestes y las naranjas del frutero de la esquina
me tiran azahares.
¡Vení! Que así medio bailando y medio volando me saco el melón para saludarte,
Te regalo una banderita y te digo:
Ya sé que estoy piantao, piantao, piantao
¿No ves que va la luna rodando por Callao?
Que un corso de astronautas y niños con un vals
me baila alrededor.
¡Bailá, vení, volá!
Ya séque estoy piantao, piantao, piantao.
Yo miro a Buenos Aires del nido de un gorrión
Y a vos te vi tan triste, ¡vení, volá, sentí
el loco berretín que tengo para vos
Loco, loco loco
Cuando anochezca en tu porteña soledad
por la ribera de tus sábanas vendré
con un poema y un trombón
a desvelarte el corazón
Loco, loco, loco, loco
Como un acróbata demente saltaré
sobre el abismo de tu escote hasta sentir
que enloquecí tu corazón de libertad, ya vas a ver …
Salgamos a volar, querida mía. Subite a mi ilusión supersport
Y vamos a correr por las cornisas con una golondrina en el motor
de Vieytes nos aplauden:¡Viva! ¡Viva!
Los locos que inventaron el amor y un ángel y un soldado y una niña
Nos dan un valsecito bailador. Nos sale a saludar la gente linda
Y loco… pero tuyo… qué se yo, provoco campanarios con la risa
y al fin te miro y canto a media voz:
Quererme así piantao, pianto, piantao.
Trepate a esta ternura de locos que hay en mí.
Ponete esta peluca de alondras y volá.
¡Volá conmigo ya! ¡Vení, volá vení!
Quererme así piantao,pianto, piantao.
Abrite a los amores que vamos a intentar
la mágica locura total de revivir.
¡Vení, volá, vení!
Pero yo no supe. Yo no supe escuchar …

"Pobre del que tiene miedo de correr riesgos. Porque ése quizá no se decepcione nunca, ni tenga desilusiones, ni sufra como los que persiguen un sueño. Pero al mirar hacia atrás —porque siempre miramos hacia atrás— oirá el corazón que le dice: «¿Qué hiciste con los milagros que Dios sembró en tus días? ¿Qué hiciste con los talentos que tu Maestro te confió? Los enterraste en el fondo de una cueva, porque tenías miedo de perderlos. Entonces, ésta es tu herencia..."
P:
Esta mañana fría de abril, esta mañana gris de abril, abrí el libro “A orillas del río Piedra me senté y lloré” de Coelho. Es un libro que tengo desde hace tiempo, es un libro que he regalado, pero que nunca había leído.
Hoy, leyendo este libro, y aunque no fuimos exactamente amigos, me acordé que se me olvidó, hace casi 15 años, decirte: “Te quiero”.
(El libro se puede descargar gratuitamente en:

La vida siempre nos da opciones. Las tomas o las dejas, pero ahí están. Nunca es blanco o negro, nunca es bonito o feo. El camino que se yergue delante de nuestros ojos despliega un sinfín de bifurcaciones. Está en nosotros tomar una u otra.
Por eso esta mañana, elijo el sendero de la sonrisa, el de a-palabras-necias-oídos-sordos. Elijo pasar por alto ese comentario insidioso, tu cara de satisfacción intentando hacer un daño duradero pero que tan solo duró menos de una millonésima de segundo.
¡Qué a gusto me dio mi sonrisa donde antes hubiera habido una mueca! Y más gusto la cara de culo que se te quedó al no ver cumplido tu cometido. Es que se te ha olvidado que como bien se dice por aquí, en todas las casas se cuecen habas, y en la tuya… de a puñaos… “¡Hartosopa!”



Jueves:
Me la pasé todo el día investigando la rama vizcaína de la familia. Son de Derio. Encontré ancestros hasta 1740 y pedí más información al Archivo Eclesiástico de Bizkaia. Cómo molaría tener un trabajo así, de investigación…
Disfruté de la paz y la soledad de Endara. El fuego chisporroteaba en la inmensa chimenea, yo tomaba mate y tecleaba, y me emocionaba y desilusionaba con la misma intensidad.
Arantxa me arrancó del aislamiento y nos fuimos a que me diese el aire. Caminata por Pasai Donibane por la tarde: una pasada. El aire del mar llenó mis pulmones, me reí, disfruté como no pensaba que haría. Me fui pronto a la cama, no sin antes hablar con el cohete rubio que lleva ya, según sus propias palabras, dos días sin ver agua.
Viernes:
Decididamente, habría que mandar a juicio al Instituto Nacional de Meteorología. En Euskadi hace bueno, muy bueno. Solecito, 14 grados, poca humedad. Una gozada.
Me levanto pronto, desayuno el delicioso y ya famoso bizcocho de naranja de Arantxa, un té rojo con limón, una tostada con mermelada de frutos rojos mirando el paisaje que me regala el luminoso ventanal de Endara y me marcho hacia Errentería a poner la denuncia de la desaparición de un DNI que está en la fotocopiadora de Berlanga. Manda …. Nos vamos a Jean Pied de Port en Roncesvalles, desde donde arranca el Camino de Santiago y me temo que solo con el carné de conducir no basta. El ertzaina, que estaba de toma pan y moja, me dice que no es necesario y yo tuve ganas de invitarlo a té verde, pero luego recordé que una es una dama (y “hay caprichos de amor que una dama, no debe tener”, dice Sabina), así que acabo de volver a Endara a esperar a Arantxa para irnos en un rato. Sigo informando…


La canción no va dedicada a nadie más que a mí, porque me encanta. O quizás a Gipuzkoa por darme tanto. Y porque una vez Txusman me dijo de lo bonito que sonaban el amor y el desamor en euskera. Y tenía razón. Y porque tanto esta canción y el Lau teilatu me llegan al fondo del alma.
Dice el AEMET que va a llover toda la semana, pero mi corazón ya late muy fuerte porque se acerca el día. Podría escribir lo de siempre, porque las sensaciones han sido siempre las mismas… pero sería redundante y eso me aburre hasta a mí. Han noa!
No me quiero poner sentimental ni mucho menos. Ya sabrás, supongo, que muchas veces, leyendo el blog de Nerim, se me agolpan recuerdos, me vienen ideas a la cabeza sin saber muy bien por qué. Por eso intentaré hacer catarsis, aquí una vez más, y preguntarte por qué nunca tienes el detalle de plantarte en mis sueños o en presencia o en lo que coño te dé la gana o bien puedas y en días así, como el de hoy, me aclares un poco el panorama, mi panorama.
Si lo que querías lograr era que algún día lograse comprenderte en algo, ya sabrás, también, de sobra que lo has conseguido. Pero sigo sin perdonarte muchas cosas, ya lo sabes… Hay cosas que aún, y espero que por siempre, para mí no tienen precio…
En días como hoy necesito mensajes explícitos, sin rodeos y claros para un mente confusa, diluida en brumas, poco cristalina. Mensajes del tipo de los que nunca en tu puta muerte me has dado. Pero seguramente estarás ocupado, como siempre. Antaño era un hermoso despacho cobijado bajo madera que olía a cigarrillos Coronado y a té Lipton, hoy vete tú a saber qué espacio te cobijao si estarás allá arriba o allá abajo. Pero nunca aquí, a mi lado … Y me jode y me cuesta reconocértelo, pero hoy necesito que en forma de brisa, de espectro, de sueño o de lo que coño te dé la gana, y aunque me sepas aún enfadada, me des una señal de que al menos te enteras y me des la mano. A pesar de que aún ni pueda ni quiera nombrarte, ni pueda aún después de tantísimos años llamarte, tan siquiera, “viejo, mi querido viejo.”

Ella no tendrá con él sus “cinco horas” porque voló antes. Un amor tan grande que le llevó a él al ostracismo, dicen, casi a truncar su carrera literaria. ¿Quién describirá mejor ahora a Castilla?
Esta pluma que deja de escribir fue la primera que me mostró a mi, nueva en estas tierras, las dos Españas, la crítica social y el conflicto ideológico de la sociedad española de la post-guerra, nuevas frases hechas, expresiones cargadas de un sentido que a mi no me decía nada a principios de milenio. Leyendo a Delibes aprendí el término "paleto" (de pueblo) sin saber que vivía rodeada de ellos y que mi propio hijo llegaría a serlo.
Ha muerto Miguel Delibes, mi maestro en expresiones tan castellanas como la tierra que me rodea.