
Leyendo hoy el blog de mi buen amigo Raiko, veo que surge el tema de los rincones especiales que tiene cada sitio por insignificante que pueda parecer.
Esto me llevó a recordar a Arantxa y nuestras conversaciones sobre la gran diferencia que hay entre ser turista y ser viajero. El turista se queda con los monumentos de la guía, con los sitios recomendados. Prefiere autovías a carreteras de un solo carril caracoleando por las colinas o las laderas de las montañas. Y en eso se gana tiempo para llegar al destino, pero se pierde la magia de saborear el camino.
La meta a veces no es lo importante, lo bello, lo realmente extraordinario es el camino.
En el camino se degustan sabores, se perciben olores y sensaciones que nunca te dará el tránsito agitado y estresante de una autovía. Se descubren maravillas escondidas en paisajes recónditos, se conoce gente maravillosa.
Cada pueblo que he visitado me ha regalado conversaciones harto interesantes, paisajes increíblemente bellos, me ha despojado de prejuicios obsoletos.
No te puedo contar exactamente cómo es Donosti, por ejemplo, pero te puedo describir en detalle cada rincón, cada sabor, cada emoción que sentí en todos y cada uno de los pueblos guipuzcoanos. No conozco la capital de Soria al dedillo, no se cómo se llaman cada uno de los palacios ni los monumentos, pero te puedo contar del colorido del paseo de La Dehesa, del verde que la envuelve, del olor a lilo en flor, de la sencillez que da la dicha de sentarse a respirar y que el sol te de de lleno en la cara bajo un cielo azul impoluto, en una pequeña capital de provincia. Disfruto de los olores de los pueblos castellanos, del sabor de sus guisos, de la sencillez y hospitalidad de sus gentes. De la sombra fresca que ofrece al caminante la enorme encina centenaria que corona mi pueblo.
Al regresar a casa, mis recuerdos no son de monumentos de piedra muerta, sino de naturaleza viva, de piedras que hablan, que cuentan historias. De rostros anónimos, que han dejado huella en mi alma, de verdes y ocres, de algún cartel escrito a mano ofreciendo algún servicio al transeúnte como muestra de verdadera artesanía. De la musicalidad de las cascadas de agua fresca y cantos de pájaros. Pero también del bullicio que se apaga al escuchar en una calle peatonal, a un músico callejero escondido en algún recoveco de estrechas callejuelas. Y de cómo brillan las monedas en su gorra.
Cada sitio, urbe o pueblo escondido entre montañas, tiene su rincón especial, su encanto propio. El viajero lo descubre, lo disfruta, lo examina, sin prisas, con detenimiento. El viajero vive el sitio, el turista se apresura en sacar la foto para luego llegar a casa y descubrir lo que sus ojos miraron solo por medio de una lente.
Rincones cargados de sensaciones, de sentimientos son lo que guarda el viajero en su maleta, teniendo siempre presente que el camino es lo importante y que no se puede disfrutar del destino realmente sin haber vivido el sendero plenamente. Como la vida misma.