Un garrota del camino de Santiago, sosteniendo calabaza y concha, descansa sobre un viejo tarro lechero esperando la entrada del viajero.
Hortensias disecadas miden el espacio desde un par de jarrones colocados con mimo, a ambos lados de los inmensos ventanales. En el muro opuesto, la enorme chimenea – en un impass hasta el otoño- se deleita con la redondez fornida de la madera y la liviandad del lienzo.
Podría uno quedarse contemplando eternamente cada detalle cuidado con celo, disfrutando del olor, de la luz de ese salón, del juego de luces naturales al atardecer o por la mañana temprano cuando los silencios infinitos se mezclan, atrevidos, con el canto de los pájaros y se confunden con un amasijo sobresaliente de olor a café y a tostadas. Olor a cítricos y a té de coco. Sabor a bizcocho de naranja y cerezas frescas; leche espumosa y azúcar moreno.
Un arrebato de luz y de color distinguido por El País Aguilar, como uno de los 1000 Mejores Alojamientos Rurales