Después de tres días sin tocar el ordenador, llegó la visita obligada a las tierras aragonesas, compras varias, café con Vade Retro, mimos y carantoñas a mi principito y otras yerbas. El martes tocaba carnaval en el cole estilo cita ineludible.
Debía estar a las 3 y media a preparar bocadillos ya que este año, sin poder poner objeción alguna, nos tocó estar en el AMPA (Asociación de Madres y Padres de Alumnos). Aunque no se por qué digo, nos tocó, ya que el padre de la criatura siempre está ocupadísimo los días de reunión, más aún si hay que ir a preparar bocadillos para 120 críos. En fin...
Mi niño iba disfrazado de tigre. Aunque el disfraz de 7 eurazos comprado en el Sabeco, se parecía más a un leopardo que a un tigre, mi bombón estaba encantado con él. Pintura para la cara, combinaciones imposibles que nunca llegan a quedar ni por asomo parecidas a la de la foto que viene con la caja de pinturas.
Una llovizna impertinente regaba las calles del pueblo y empapaba a madres con cara de "qué diablos estamos haciendo aquí" y niños encantados de mojarse a placer con tal de lucir sus trajes de carnaval. 7 º C que calaban los huesos y la banda de dulzaineros que colmaban de música la plaza.
Cinco y media de la tarde: comienza el desfiles de los audaces que íbamos por las calles hasta la residencia de ancianos que según decían, estaban esperando la algarabía juvenil. Debo decir que sus rostros más bien mostraban un gesto tipo "cuándo se van, ya no aguanto más este barullo". De allí hacia el colegio donde se les serviría un bocadillo y un zumo seguido de una bolsa de chuches. Restos de los cuales se desparramarían por el suelo para que las madres, si, digo las madres ya que ningún especimen del sexo opuesto se dignó a poner un pie en el sitio, barrieran.
Hasta ahí todo relativamente bien. El tema comienza cuando mi hijo del alma, escucha que a las 8 hay una competencia de disfraces. Y yo que no tengo alma para decirle a un niño de 4 años que nos quedan aún 30 km por una carretera estrecha y conducir de noche siendo yo miope y encima lloviendo es casi un suicidio, le digo que me parece genial. Hacemos tiempo en un bar de la plaza. Son las 7, el concurso comienza a las 8 ...
El auditorio del ayuntamiento está abarrotado de hadas, princesas, zombies, perros, pingüinos y demás. Madres que limpian con sus manos empapadas en saliva los rostros de sus asqueados hijos, para que estén más guapos. El zombie mayor anuncia que el primer premio es un cordero, el segundo un cochinillo y el tercero un jamón. Hay disfraces individuales y otros en grupo. Gritos de niños que tienen miedo a los zombies, otros que se quieren ya quitar el disfraz, y otros como mi hijo que se la están pasando pipa mientras yo miro el reloj como si haciéndolo hiciese correr el tiempo más rápido, que ya estaba yo cansada de horas de conducir bajo la lluvia, pero nada, el tiempo parecía no pasar.
Lo peor de todo es la parte en que oigo a una buena señora contarle a otra que su hijo se había decidido a disfrazarse a última hora y que había tenido que improvisar el disfraz de pirata que le había puesto. Aunque mirándolo bien, parecía que había sido preparado años luz antes. Y para fresa del pastel, la otra le dice que peor había sido lo suyo, que había tenido que comprar dos disfraces porque su niña "no iba a ir al cole y al concurso con el mismo disfraz" y que se había "gastado una pasta en disfraces". A lo que la primera señora le dice a su hijo que no se inscriba porque los disfraces individuales nunca ganan. El niño lagrimeando le dice que le hace ilusión, pero la buena señora insiste, dejando al pobrecillo compuesto y sin desfile.
Horrorizada ante tanta gilipollez, si se me permite el término, acerco a mi niño al escenario, donde se pone a rugir como un tigre ante los aplausos de los presentes y mi pañuelo secándome las babas.
Se acabó. Los ganadores fueron como vaticinado por la señora mamá del pirata, para los grupos, que pàra ser honesta, fueron los más originales. La partida deseada a punto de concretarse a las 9 de la noche, cuando anuncian por altavoz que se serviría un chocolate caliente en los soportales. De nada me valió mirar el termómetro que rezaba ya 5 º C, ni explicarle a mi dulce que al día siguiente había cole. Nos quedamos al chocolate.
Y después de todo esto yo me pregunto: ¿Es necesario hacer como si viviéramos en Tenerife? ¿Por qué no festejamos la Fiesta de la Primavera o la del Solsticio de Verano? ¿Qué es este complejo de Canarios que tenemos? ¡¡¡Por Dios, si es invierno!!!!!
¡¡¡¡Viva el carnaval castellano!!!! ¿¿¿???