Diez meses sin fumar y ocho kilos demás (ya he perdido dos y sigo en cruel lucha por los otros). El médico insiste en preguntarme si no tengo ganas de fumar. No, solo pienso en comer, y cada vez que me pongo límites, que no a dieta, sueño con pastelitos de dulce de membrillo, con panqueques de dulce de leche, con fresas, si, pero con kilos de nata montada, y no de la Asturiana, no, sino de la montada en casa, con más grasa, colesterol y con muchísimo más azúcar añadido y sin añadir. ¿Quién va a tener tiempo de pensar en fumar si solo piensa en las tostadas del desayuno?
La batalla está ganada, pero la guerra es de por vida. Un fumador nunca es un ex fumador. Una calada, un cigarrillo y vuelves a caer.
He pasado ya por todas las etapas. He llorado, me he sentido sola, me he sentido superior a los que no lo pueden dejar, me he sentido desvalida, me he sentido desfallecer, me he cagado en todo y en todos, he subido a los cielos y me he auto-sepultado en los infiernos de la falta de la droga a veces y otras simplemente del cilindro tóxico. Ahora solo pienso en que el bikini no me entrará ni de coña y que con ocho kilos encima no voy a la playa ni en bañador.
Todo esto y la crisis existencial por la que estoy atravesando, que no la de los cuarenta porque acabo de hacer 42, me están alborotando las neuronas y también las hormonas para qué negarlo. Estoy en transición, presiento que grandes cambios se avecinan y cuando eso ocurra temblará la tierra y alguno se enterará que a veces, aunque solo a veces, el perro que ladra, también muerde.