
Mi primera calle fue una seudo avenida. Mi primer recuerdo de ella es cubierta de tosca mojada donde se formaban charcos en los que navegaban felices nuestros botecitos de papel de periódico. Periódicos que seguramente plagados de la censura de la dictadura militar de los setenta se alejarían del fiel reflejo de la realidad de aquellos días. Poco tiempo después nuestros charcos se vieron invadidos por el asfalto infame que producía una corriente severa que empujaba nuestras naves calle abajo hacia la gran avenida, para luego morir en el obelisco frente al caudaloso río Uruguay. Calle que los ochenta dieron más prestigio, calle que se engalanaba los domingos para ver los desfiles de las tropas hacia ninguna batalla palpable. La verdadera batalla estaba en otro sitio, pero nosotros lo ignorábamos.
La calle Meriggi, ex nº1, fue testigo de mis idas y venidas a la escuela con la bolsita bordada con mi nombre y un conejito rosa, primero, luego mi maletín verde y negro de cartón revestido en plástico, y por último mi cartera de cuero marrón. Me vio bajar de prisa bajo el paraguas de mi madre o por el frío invierno húmedo y helado de los setenta y andar lentamente, respirando polvo los mediodías de bochorno y boca seca subiendo la cuesta que se hacía interminable. Casi cruzando la calle 33 Orientales se formaba un zurco de agua empozada que era preferible sortear. Mis pasos de niña nunca pisaron asfalto en esa calle que olía al dulzor inconfundible que dejaban los camiones cargados de remolacha azucarera haciendo cola para llegar a la fábrica de azúcar de la ciudad, eso vendría después. Después, cuando mi rebeldía me llevara a vivir en esa calle caprichosamente, en aquella casa cutre, según mi madre, en aquella casa primera donde mi libertad comenzaba a florecer de nuevo.
La cortada de Queguay, donde vivían mi abuelo Nito y mi abuela Anita, casona de pozo en medio del patio y algodonero al fondo. Calle de tantas cosas prohibidas. La calle 33 Orientales donde la casona de estilo andaluz del Tata y de la Nona nos esperaba con los brazos abiertos y muchas aventuras por vivir. Calle de tarde de masas de merengue duro de colores, de patio lleno de niños; de geranios y helechos magistralmente colocados en sintonía por la mano de la Nona. Calle de risas, de sábados por la tarde en bicicleta y de tortas fritas espolvoreadas con azúcar y mate dulce. De torta salada al horno agujereada y bañada con huevo y azúcar. Calle de parrales de uva moscatel y uva blanca fresquita por el agua del pozo, de escaparnos a la sombra de la higuera, de trepar ciruelos y melocotoneros a la hora de la siesta. Calle de jugar bajo la lluvia de verano o de jugar a las cartas bajo la paupérrima sombra de los laureles en flor. Calle que me dio una infancia tan rica en colores, en contrastes, en sabores.
La calle Zorrilla que me llevó primero al Anglo a estudiar inglés con 8 años, sola yo y mi alma con miedo a perderme y muy deprisa por miedo a llegar tarde a clase, siguiendo siempre el mismo camino de baldosas. Luego a la biblioteca Bella Vista y más tarde, de adolescente, a casa de Gustavo a tomar mate o a estudiar para los fatídicos exámenes de matemáticas y física.
La calle Salto hacia la playa caminando con Claudia o en la Hondita nueva de Gustavo –otra vez, si, eternamente, mi amigo más querido- los domingos por la tarde.
Las calles argentinas, trilladas por mi camino a la universidad o a la casa de la flaca, o aquellas testigos de mi primer amor. El boulevard Martínez y su sol brillándome en la piel. El Yrigoyen con sus rosales y sus platanares. La Avenida Costanera o el camino hacia Banco Pelay. Las calles que recorríamos en la coupecita de Gustavo con el Cachi tocando la guitarra y Evangelina cantando. Calles de amigos.
La calle Silván Fernández y la cercanía al centro, días de trabajar duro y de sufrir mucho, de vivir el amor más grande que haya sentido jamás por un hombre y de recibir la noticia del nacimiento de mi primer sobrino. La calle de la soledad.
La calle Rincón donde a veces creo que empezó todo este gran cambio, esa gran revolución interna, ese despertar de la conciencia. Donde se orquestó mi venida. La calle donde estaba mi piso pequeño pero tan acogedor, el único sitio del sur al que consideré verdaderamente mi hogar.
Ya atravesando el mundo, Wordsworth Street, en el barrio de los poetas de Brighton-and-Hove. La calle de los pubs y la academia: Portland Road. Luego, años más tarde, la calle del Encaño. Calle de piedra segoviana, calle de no saber bien hacia donde ir, calle que trajo mis papeles y que esperaba la llegada de Jacinto cada noche a rescatarme.
Y por fin mi calle Real que nace en la plaza del pueblo para morir humilde pero deliciosamente en el camino al carrascal. Mi calle última, donde vivo, donde juego a la pelota con mi principito, donde me siento a leer cada verano, donde huelo las flores de mi lilo. Calle a donde se asoma mi balcón desnudo y blanco en invierno o desde donde presumen coloridos mis geranios en verano.
¡Cuántas calles han tenido que recorrer mis pies para llegar aquí, después de todo! Y aún, ha valido la pena cada paso.