jueves, mayo 29

Marina


Lo vi en un estante de la librería y sin pensarlo lo puse en el mostrador para que la dueña de ese milagro en pueblo chico lo incluyera en la cesta de mi compra junto a las plastilinas y los rotuladores. Ella me miró en silencio. Sabe qué libros compro, qué libros he leído en estos siete últimos años, salvo los que compro online.

“¿Hemos cambiado de estilo o te lo han prestado?”. Sabía a qué se refería, suelo traducir extractos de críticas de libros que se reeditan o libros nuevos. No, no había leído La Sombra del Viento como hace todo el mundo. Sus nuevos lectores empiezan por ahí, yo siempre soy la excepción a la regla con los autores que gozan de determinada fama; no me gusta comprar libros largos cuando los empiezo a leer. Prefiero los cortos por si no me gustan porque rara, rarísima vez dejo un libro sin terminar.

Así fue como compré Marina, de Carlos Ruiz Zafón. Corto, letras grandes, edición de bolsillo, paperback. Me lo devoré en una tarde de domingo de lluvia. Mientras mi principito jugaba con su prima entre dinosaurios, Gormittis que ponen huevos verdes y el sonido bajito de la tele de fondo, yo caminaba por la Barcelona de los setenta, los cuarenta y los cincuenta de la mano de Oscar y Marina, con movimientos convulsos de de estómago y muchas ganas de desvelar el misterio que los envolvía.

En verdad no se si me gustó el estilo literario de Ruiz Zafón ni su historia de intriga, y hubiera agradecido la exclusión de la parte menos amena para mi estómago. La prosa es fluida y no hay que estrujar demasiado la neurona. Buena para una tarde de domingo de lluvia, pero nada espectacular

El final más que predecible ni me sorprendió ni me dejó con ganas de más. No creo que llegue algún día a releer el libro y tampoco se si me quedaron ganas de ir a por La Sombra del Viento. Creo que me pasó con Ruiz Zafón como con Paul Auster. Por eso me quedo con el comentario de Delokos en aquella ocasión:

" Siempre me pregunto por qué nos tienen que gustar determinados libros... Si no te gustó, pues no te gustó... la verdad, todos tenemos nuestras preferencias... No me impongo nada cuando leo un libro: si no me gusta, no me siento mal, aunque sea el más clásico de todos los clásicos... lo mismo en el arte y en todo lo demás... ¿por qué me tienen que decir lo que me tiene que gustar?..."

martes, mayo 27

Gracias de post-celebración

Queridos amigos, muchas gracias por vuestras felicitaciones. Todos y cada uno, en su estilo me habéis hecho muy feliz, ya sea con un post como en el caso de Sole y de la Sirenita, con vuestros comentarios como los de Raiko, Nerim y Mía y las llamadas de teléfono, que fueron tantas.
Fue un día que empezó glorioso. Nos fuimos a cenar el sábado por la noche con amigos de esos que están siempre y a mano, claro está. Manjares deliciosos, buen vino, charla amena y distendida. Muchos abrazos imposibles de describir debido a la archiconocida austeridad castellana, y por ende doblemente apreciados. La llamada de mis sobrinos y su madre Sirena a las 12:01, los primeros en saludarme.
Regalos "físicos" tremendamente especiales (este año tocó plata a raudales) y regalos del alma como la tarjeta espontánea de mi principito con su ya famoso "Felic qunpleaños mami". Llamadas de las que esperas y de las que te sorprenden, de las que insisten si no estás con cobertura, a que sí Mía. Mails y mensajes desde tierras lejanas, de amigos entrañables, de familia. Y mucho cariño, muchísimo.
Lo anticipé; este sería un cumpleaños muy especial y lo fue. Ahora toca seguir con el corazón lleno de emociones, con la maleta cargada de sueños por cumplir aún y con un propósito firme: que el cuadragésimo primero pueda ver a mis invitados sin necesidad de un par de culos de botella de por medio.
Muchas gracias a todos. Me habéis hecho muy feliz.

domingo, mayo 25

32 otoños, 8 primaveras


Cuarenta, son cuarenta, ni uno más ni uno menos. Nací el 25 de mayo del 68. Soy la mayor de dos hermanos, la primera hija, la primera nieta, la primera sobrina, eso explica muchas cosas. Soy Géminis y Mono: para los entendidos una combinación explosiva, según mi criterio, la más divertida.
Me siento plena, los cuarenta no me pesan, me energizan, me dan vida. no tengo todo lo que quiero, pero quiero todo lo que tengo. Disfruto de ciertas compañías tanto como de estar sola. Se lo que quiero, se donde voy y no me olvido nunca de donde vengo, como se lo prometí a mi primo Sergio cuando llegué aquí. Se lo que me gusta y lo que no. Tengo planes a futuro cercano, pero también a largo plazo. Mantengo un par de sueños en la chistera y el corazón de quien tiene ganas. Valoro mis logros y asumo mis fallos, he descubierto que no soy infalible. Ya no culpo a nadie de mis deslices, de mis errores. Me he dado cuenta que cosecho lo que he sembrado y que si doy bien, recibo el doble aunque venga de otro lado, pero que si daño también el boomerang de la vida me devolverá hostias multiplicadas por dos.
Tengo amigos aquí y allá. Amigos de toda la vida, amigos nuevos, amigos recuperados, amigos diferentes, amigos parcos en palabras pero ricos en obras. amigos "abraceros" y amigos austeros. amigos con a y con A. He plantado un árbol, he escrito un libro (si la tesis de la universidad cuenta) y he tenido un hijo. Me he atravesado el Atlántico con pocos afectos cercanos, muchas ganas de resurrección y maletas cargadas de sueños que se han cumplido con creces.
Vivo en un sitio que amo, que me hace sentir libre, plena, que disfruto, que me llena de vida y me da una calidad de vida inigualable. Tengo un hijo que es lo que más me importa en la vida, la única persona por la que daría mi vida. Mi sol, mi luz, mi energía vital, mi razón de vivir, mi razón de ser. Quien me hace sentir el amor más grande que haya sentido y sentiré jamás por alguien.
He aprendido que perdonar a tiempo es fundamental y que ser perdonado es vital. Que el rencor no lleva a nada bueno y que nada es absolutamente blanco ni absolutamente negro, que en los matices está lo real. Que si quiero recibir cariño primero debo darlo y que si quiero que quienes me rodean estén bien, es menester estar bien conmigo misma. Y que es primordial ser sincero con uno mismo.
La vida me ha enseñado que un par de canas y unas arrugas no dicen la edad que tienes si no la vida que has llevado, nada más. Que son marcas de vida rica. Que valor no es igual que precio y que hay cosas y personas que valen mucho. Que no ofende quien quiere si no quien puede. Pero por sobre todas las cosas, que ser feliz depende pura y exclusivamente de mi.
Soy, como digo siempre, la mujer que hubiera querido ser hace 20 años.


Piensa que el futuro es una acuarela y tu vida un lienzo que colorear

miércoles, mayo 21

Mis calles


Mi primera calle fue una seudo avenida. Mi primer recuerdo de ella es cubierta de tosca mojada donde se formaban charcos en los que navegaban felices nuestros botecitos de papel de periódico. Periódicos que seguramente plagados de la censura de la dictadura militar de los setenta se alejarían del fiel reflejo de la realidad de aquellos días. Poco tiempo después nuestros charcos se vieron invadidos por el asfalto infame que producía una corriente severa que empujaba nuestras naves calle abajo hacia la gran avenida, para luego morir en el obelisco frente al caudaloso río Uruguay. Calle que los ochenta dieron más prestigio, calle que se engalanaba los domingos para ver los desfiles de las tropas hacia ninguna batalla palpable. La verdadera batalla estaba en otro sitio, pero nosotros lo ignorábamos.

La calle Meriggi, ex nº1, fue testigo de mis idas y venidas a la escuela con la bolsita bordada con mi nombre y un conejito rosa, primero, luego mi maletín verde y negro de cartón revestido en plástico, y por último mi cartera de cuero marrón. Me vio bajar de prisa bajo el paraguas de mi madre o por el frío invierno húmedo y helado de los setenta y andar lentamente, respirando polvo los mediodías de bochorno y boca seca subiendo la cuesta que se hacía interminable. Casi cruzando la calle 33 Orientales se formaba un zurco de agua empozada que era preferible sortear. Mis pasos de niña nunca pisaron asfalto en esa calle que olía al dulzor inconfundible que dejaban los camiones cargados de remolacha azucarera haciendo cola para llegar a la fábrica de azúcar de la ciudad, eso vendría después. Después, cuando mi rebeldía me llevara a vivir en esa calle caprichosamente, en aquella casa cutre, según mi madre, en aquella casa primera donde mi libertad comenzaba a florecer de nuevo.

La cortada de Queguay, donde vivían mi abuelo Nito y mi abuela Anita, casona de pozo en medio del patio y algodonero al fondo. Calle de tantas cosas prohibidas. La calle 33 Orientales donde la casona de estilo andaluz del Tata y de la Nona nos esperaba con los brazos abiertos y muchas aventuras por vivir. Calle de tarde de masas de merengue duro de colores, de patio lleno de niños; de geranios y helechos magistralmente colocados en sintonía por la mano de la Nona. Calle de risas, de sábados por la tarde en bicicleta y de tortas fritas espolvoreadas con azúcar y mate dulce. De torta salada al horno agujereada y bañada con huevo y azúcar. Calle de parrales de uva moscatel y uva blanca fresquita por el agua del pozo, de escaparnos a la sombra de la higuera, de trepar ciruelos y melocotoneros a la hora de la siesta. Calle de jugar bajo la lluvia de verano o de jugar a las cartas bajo la paupérrima sombra de los laureles en flor. Calle que me dio una infancia tan rica en colores, en contrastes, en sabores.

La calle Zorrilla que me llevó primero al Anglo a estudiar inglés con 8 años, sola yo y mi alma con miedo a perderme y muy deprisa por miedo a llegar tarde a clase, siguiendo siempre el mismo camino de baldosas. Luego a la biblioteca Bella Vista y más tarde, de adolescente, a casa de Gustavo a tomar mate o a estudiar para los fatídicos exámenes de matemáticas y física.

La calle Salto hacia la playa caminando con Claudia o en la Hondita nueva de Gustavo –otra vez, si, eternamente, mi amigo más querido- los domingos por la tarde.

Las calles argentinas, trilladas por mi camino a la universidad o a la casa de la flaca, o aquellas testigos de mi primer amor. El boulevard Martínez y su sol brillándome en la piel. El Yrigoyen con sus rosales y sus platanares. La Avenida Costanera o el camino hacia Banco Pelay. Las calles que recorríamos en la coupecita de Gustavo con el Cachi tocando la guitarra y Evangelina cantando. Calles de amigos.

La calle Silván Fernández y la cercanía al centro, días de trabajar duro y de sufrir mucho, de vivir el amor más grande que haya sentido jamás por un hombre y de recibir la noticia del nacimiento de mi primer sobrino. La calle de la soledad.

La calle Rincón donde a veces creo que empezó todo este gran cambio, esa gran revolución interna, ese despertar de la conciencia. Donde se orquestó mi venida. La calle donde estaba mi piso pequeño pero tan acogedor, el único sitio del sur al que consideré verdaderamente mi hogar.

Ya atravesando el mundo, Wordsworth Street, en el barrio de los poetas de Brighton-and-Hove. La calle de los pubs y la academia: Portland Road. Luego, años más tarde, la calle del Encaño. Calle de piedra segoviana, calle de no saber bien hacia donde ir, calle que trajo mis papeles y que esperaba la llegada de Jacinto cada noche a rescatarme.

Y por fin mi calle Real que nace en la plaza del pueblo para morir humilde pero deliciosamente en el camino al carrascal. Mi calle última, donde vivo, donde juego a la pelota con mi principito, donde me siento a leer cada verano, donde huelo las flores de mi lilo. Calle a donde se asoma mi balcón desnudo y blanco en invierno o desde donde presumen coloridos mis geranios en verano.

¡Cuántas calles han tenido que recorrer mis pies para llegar aquí, después de todo! Y aún, ha valido la pena cada paso.

lunes, mayo 19

Mamá gafotas


La primera cita es el 9 de junio en Madrid. Años esperando este momento, postergándolo, justificándome y por fin me he decidido, por fin el momento ha llegado.
Me descubrí miope a los 7 años, me descubrieron a los 10. Ser miope en los setenta impicaba "no pertenecer", ser llamada "cuatroojos", "Casimiro". Tenía miedo. Pero nadie jamás me llamó de esa forma, sin embargo yo me sentía Betty la Fea, me sentía diferente. Eramos solo dos en un grupo de casi treinta.
A los casi quince años comencé a usar lentillas y poca, poquísima gente me ha visto de gafas en estos 25 años. Hace unos días llevo gafas porque debo estar sin las lentillas veintiún fatídicos días hasta la primera revisión. Y no me pesa, me río de mi fealdad agregada a la natural. El más largo de los viajes comienza por un paso. Este es mi primer paso hasta que el laser haga desaparecer las casi 9 dioptrías que me impiden ver las hojas de los árboles o distinguir a un par de metros si el niño que me saluda es mi hijo o mi vecino. 9 dioptrías que me impiden seguir trabajando aunque no tenga sueño porque ya no aguanto las lentillas. Hoy por hoy sin gafas o lentillas no puedo trabajar, no puedo conducir, no puedo distinguir personas a pocos metros, no puedo limpiar, no puedo llevar una vida normal.
Pero esa mañana cuando me volví a poner las gafas y le pregunté a mi príncipe si estaba demasiado fea y me contestó que yo siempre estaba guapa, me dije que sí, que al único que realmente me importa gustar hoy por hoy es a él.
En julio podré ver, Dios mío podré ver! Solo quien pasa por esto sabe lo que es. Y no se si es por la anticipación o por las ganas, pero me siento tan bien, tan viva, con tantas ganas que el corazón se me sale del pecho.

Así veo ahora, bueno, peor...
Así veré a finales de julio

viernes, mayo 16

A mi padre

Y hoy te preguntas por qué
un día se fue
tu pequeña,
si le diste toda tu juventud,
un buen colegio de pago,
el mejor de los bocados
y tu amor...
Amor sobre las rodillas.
Caballito trotador.

No se por qué me acuerdo tanto de vos estos días, papá. El corazón acorazado se va ablandando, quizás. Cito tus frases, me acuerdo de vos, ya no tengo dolor, ni reproches, ni ganas de espantar los pensamientos en los que aparecés vos. ¿Por qué me pasa esto, papá? Tantos años han pasado, tantos.
El domingo que Santi tomó la comunión le regalé una de las dos únicas cosas tuyas que tengo, aquel bolígrafo que te regalé hace ya tantísimos años con tus iniciales grabadas; y cuando lo veía tocarlo en la misa sentía que estabas allí compartiendo ese momento con nosotros, con él.
Decías que las cosas hay que hacerlas bien o no hacerlas. Que en la vida era bueno "tener contactos"; "Hacete amigo del juez, no le des de qué quejarse, porque siempre es bueno tener palanque 'ande ir a rascarse.” Y que “los hermanos sean unidos, porque esa es la ley primera. Tengan unión verdadera en cualquier tiempo que sea, porque si entre ellos pelean, los devoran los de afuera.” Qué razón tenías, papá. Te gustaba mucho el Martín Fierro. Y leer lo que se te pusiera en el camino. “Cada libro se te cruza en la vida para dejarte un mensaje. Está en vos saber distinguirlo, apreciarlo, o no,” decías.
Cuando te preguntaban la edad siempre decías “35 para 34 el año que viene”. Estoy segura que de no haberte avergonzado te hubieras hecho un lifting como tu hermana, a quién felicitaste diciéndole que era la mejor inversión que había hecho en su vida. Así eras vos.
Fuiste papá de traje y corbata, y papá de alpargatas o Zorpazo marrones. Papá comprensivo o papá marca rumbos. Fuiste sabio y cabezadura, pero nunca ignorante, ni vulgar ni simple. Te daba igual sentarte a tomar el vermouth de los domingos con jamón del caro y whisky añejado en barrica de roble o tomar mates debajo de la parra. Te juntabas con la crema y nata, pero podías acercarte al pescadero de bagres y surubíes que pasaba los domingos por la calle gritando “Pescado fresco de río”, a preguntarle qué tal la pesca. Pensabas que hay que enseñar a pescar, no regalar peces y muchas veces ante la llamada insistente de los niños que venían a pedir monedas los domingos, les ofrecías billetes a cambio de que te cortaran el césped o limpiaran la cochera.
Una tarde de sábado de mis 17 años me dejaste sin postre y me llevaste por la costanera a enseñarme a conducir. Te mantuviste increíblemente sereno mientras el coche tosía al arrancar o cuando casi me como a aquel transeúnte, ¿te acordás? Cuando volvimos a casa le dijiste a mamá que buscara el teléfono de aquel hombre que enseñaba a conducir (en aquel tiempo no había auto-escuelas) y te tiraste literalmente sobre el sillón riéndote a carcajadas, no se si de nervios o de alivio por no tener que pasar por el mismo calvario otra vez. Y una tarde, después de tener el carné, me fuiste a buscar al liceo para hacerme conducir bajo lluvia torrencial y con la cinta del freno empapada, es decir, casi sin frenos.
A mis ocho años de niña de los setenta, decidiste que tenía que estudiar inglés porque en el futuro sería imprescindible. No te equivocaste, más aún teniendo en cuenta que desde hace ya casi veinte años es el pan mío de cada día. Echaste mi curriculum en el colegio cuando ni yo creía en mí. "Nunca se sabe," me dijiste. Y volviste a acertar.
Me enseñaste muchas cosas, que lo imprescindible, "lo esencial es invisible a los ojos", "que no es oro todo lo que reluce" y que hay que creer en lo que sea, pero que hay que creer, hay que tener fe. Me dijiste que no tenías ni tierras, ni propiedades, ni joyas que dejarme en herencia, pero que la mayor herencia que me podías dejar era una buena educación, porque "lo que llevás en la cabeza, no te lo quita nadie, en cambio los bienes materiales van y vienen".
Sostenías que cuando somos pequeños creemos que nuestro padre es Supermán, que cuando somos adolescente pensamos, "el viejo no sabe nada". Que cuando llegamos a los 30 y pico decimos, "el viejo no estaba tan errado", y que cuando llegamos a ser realmente maduros, según vos a los 50, decimos, "¡cuánta razón tenía papá!".

¿Qué pensarías de la locura mía de venirme? ¿Estarías orgulloso de mi vida actual? ¿De haber hecho lo que vos nunca te atreviste, de escapar de ese mundo que a vos tampoco te terminaba de convencer? ¿Habrás sostenido al avión, a los aviones que me han traído y llevado de aquí para allá? Porque mirá que te daban miedo los aviones.
Con Martín se te caería la baba; seguro. ¡Es tan parecido a vos en tantas cosas! Físicamente, sin duda. Tiene tus mismos ojos, tu pelo rubio de niño de “pantalón cortito con un solo tirador”. Tiene ese refinamiento innato, no adquirido que tenías vos, aunque a veces se le mezcle con la “paletada”. Es de mente ágil, de humor ácido y de momentos de soledad buscada, agradecida, lejos del mundanal ruido; como vos, como yo.
Para los demás te fuiste aquel día de enero, nunca me acuerdo bien de la fecha, no se por qué. Para mí te fuiste otro día de invierno de julio muchos años antes. No vale la pena recordarlo, para qué. Me di cuenta con veintitantos años que no eras papá Supermán. El ídolo se cayó porque le tiré tanta agua a los pies que no aguantó su peso. Pero pasaron los años, y recién ahora entiendo, comprendo que además de papá eras ser humano, hombre. Imperfecto como yo, como todos.
Hace ya más de 18 años, me hiciste escuchar esta canción a pocos días de irme a estudiar a la Argentina. Te la dejo aquí para que desde donde estés la puedas escuchar y al menos admitir que si que pude, tal vez pensando que no estabas o quizás ignorando tu presencia, pero he podido y en el fondo se que estarías orgulloso. Al menos vos si.

miércoles, mayo 14

Como agua de mayo

Normalmente no me gustaba la lluvia. En el sur la lluvia cae a baldes o la garúa empapa más que el txirimiri. La lluvia me trae los recuerdos de mis comienzos en la profesión bajo una capa azul-celeste que escasamente cubría mis piernas sobre el scooter Honda rojo y menos aún el maletín negro azabache que protegía mis libros, mis apuntes y mis programas de profesora de colegio pijo. La lluvia lastimándome la cara, los ojos entrecerrados para que las lentillas no dieran la vuelta al globo ocular haciendo daño, coches pasando a toda mecha y salpicando mi moto, mi cuerpo y mi alma; y yo cagándome en mi suerte y en mi orgullo de niña bien que no quiere que papá la mantenga. "Si querés salir a trabajar te aguantás y te proveés de tu propio vehículo. Al auto lo uso yo. ¡Si sabés bien que no necesitás trabajar, ché!"

Luego vino mi fantástico e inolvidable viaje a Gran Bretaña y la lluvia –cómo no- marcó un nuevo sentimiento. La asociación que mi mente hacía ahora con la lluvia, era de momentos buenos, de reír desde que oía, “Bettina, breakfast’s ready” hasta que apoyaba mi cabeza en la almohada en la cama de la casa de Wordsworth St. Memorias de días persistentemente lluviosos, pero de esos en que en tu alma hace sol.

La llegada al valle aquel 21 de diciembre de hace más de siete años vía puente terrestre Barajas- Tiermes también estuvo señalado por la lluvia. Y aquella mañana cuando Adriana se empeñaba en que el supermercado más cercano quedaba a 40 km mientras yo miraba el Bordegas desde la ventana de aquella casa celtibérica y decidía que mi vida aparcaría aquí, también lloviznaba.

Hoy llueve fuera, pero en mi corazón refulge el sol. No hay motivo aparente. Simplemente mi sol interno brilla. La energía ha vuelto a envolverme. Los campos reverdecen y ya se ven las primeras amapolas a los lados de la carretera. La lluvia de hoy me hace renacer. Hoy quiero dar gracias a mi Dios, ese paciente que me aguanta el malhumor y no me deja por este nuevo renacer, tan esperado como agua de mayo.





domingo, mayo 11

Magnífico diluvio

¿Quién dijo que en un día de lluvia no se puede disfrutar de una jornada espléndida? El sábado fue un día plagado de imprevistos, entre ellos la lluvia, pero aún así un día especial. Esto me confirma una vez más que no importa qué tiempo haga, si en nuestro corazón sale el sol, el día nos sonríe.
Llevaba sin verla más de un año, de hecho, nunca nos habíamos visto en España.
Pensábamos encontrarnos cerca del valle. Yo la vería actuar y luego ella se vendría a ver este verdor típico de mayo, tan conocido para ella y tan escaso por estas tierras.Ninguna de las dos cosas se pudo llevar a cabo, una pena. Pero la cita si que tuvo lugar a caballo entre mi valle y el sitio donde ella actuaba: en Tarazona (Reino de Aragón, como lo llama mi cuñado Pedro, mañico de alma)
Llovía a cántaros, y no exagero. Poco pudimos recorrer ese pueblo que me dejó boquiabierta. Me sorprendió la arquitectura, me sorprendió su tamaño, me sorprendió la ex plaza de toros convertida en viviendas. Me sorprendió gratamente. El mini diluvio no permitió muchas fotos ni el deseado deambular por calles desconocidas, pero valió la pena, cada segundo valió la pena.
Nos encontramos en un bar frente al ayuntamiento y nos fuimos hacia una cafetería donde nos pusimos al día: cotilleos, confesiones, risas, ya sabéis, cosas de chicas.
Encontrar sitio donde comer un sábado de comuniones no fue tarea fácil, pero recalamos en el sitio ideal: el restaurante del hotel
La Merced de la Concordia. Ambiente minimalista, moderno, fresco. Platos exquisitamente presentados, un vino que mi paladar ignorante aceptó con gusto y postres de esos que dan ganas de repetir. Sole seguramente hará la crítica en su Caja. El servicio inigualable. Es la primera vez en siete años que salgo a verdaderamente a gusto de un restaurante, pero de verdad. Me confieso una detractora de la comida castellana, así que ese soplo de aire fresco me reconfortó mucho.

La charla giró en torno a tantas y tan variadas cosas que es imposible enumerarlas. Qué os puedo contar, que fue un día de chicas, de amigas que se han visto poco pero se conocen mucho. Mujeres de barrio de la infancia compartido pero que jamás se habían visto de niñas. Chicas con tanto en común pero tan distintas.
Gracias Sole por haber compartido conmigo este día estupendo

viernes, mayo 9

En los detalles está la diferencia

Ella es absolutamente diferente a todas las personas que conozco por el valle y sus alrededores. Es una chica muy pija si las hay, elegante, va siempre maquillada y de tacón y bolso de firma. Pero tiene una sensibilidad casi impropia de los castellanos. Ella es de las que abrazan, de las que te dicen que te quieren, de las que te llaman para ver cómo solucionaste el problema que tenías. No te cuenta sus dramas si ve que tienes los tuyos propios.

Somos tan diferentes como el agua y el aceite, pero somos cercanas. Se que puedo contar con ella y ella sabe que puede contar conmigo. Hablamos tanto de trivialidades como los últimos cotilleos del Hola que tanto le gusta leer o de la educación que querríamos tuvieran nuestros hijos; eje fundamental en nuestras largas charlas y en nuestras vidas. Le pese a quien le pese eso somos, ante todo madres. Pero también hablamos de política a pesar de pertenecer a dos bandos tan opuestos, pero con respeto hacia las ideas de cada una. Compartimos libros y películas, debatimos sobre temas candentes de actualidad o sobre nuestros puntos de vista con respecto a la vida misma. Me cuenta de las obras de teatro que ella si puede ir a ver pero yo no. Le cuento de mi sur odiado, ella de su Madrid amado.

Reina en nuestras conversaciones la complicidad, la no-censura, la sinceridad brutal, la crítica constructiva. Nos aceptamos tal cual somos, criticamos nuestros errores sin temor a hacer daño porque sabemos que nunca, ninguna de las dos haría daño a la otra gratuitamente.

Compartimos té de frutos rojos y lágrimas, gofres de fresa y capuchinos entre risas, disfrutamos de nuestros hijos siendo tan amigos. Ella es mí vía de escape, para ella soy la risa fácil: sigue aún sin entender que llame sudacas a algunos sudamericanos, por ejemplo; somos nuestras dosis de cultura en este maravilloso mundo inculto que nos rodea a ambas.

No nos somos para nada imprescindibles pero si necesarias. Una amiga como seguramente no tendré otra con DNI de origen.

jueves, mayo 8

Carta a Bettina

Querida Bettina:
Llevo leyéndote todos estos días y no te reconozco. Hace siete años me dejaste en la estacada porque ya no me aguantabas más. Ya no soportabas la vida que llevabas. Borraste 32 años de un plumazo y con él hiciste desaparecer de tu vida cosas que a mi me gustaban. Ni siquiera me preguntaste si yo quería o no desaparecer de tu vida junto a todas aquellas personas que formaban parte de ella, junto a un trabajo excepcional que no te daba más que alegrías. Me dijiste aquella mañana junto al espejo que me matarías y casi lo lograste, pero ya ves, no has podido, te estoy escribiendo, aquí, vivita y coleando.
Pero nunca más me ha vuelto a ver nadie, salvo vos misma esta tarde. Ya se que te dieron ganas de escupir el espejo, de lanzarle algo para que se partiera en pedazos, pero es que sos tan políticamente correcta últimamente que ni siquiera te atreves. A mí me gustabas más antes, insensible, egoísta, perfeccionista, cuando no te temblaba el pulso al decir NO, al gritar NO. Me gustabas cuando te daba igual lo que pensaran de vos, cuando te daba igual dejarte de hablar con alguien a quien querías por gritarle TU verdad. Cuando eras más arrogante y más soberbia.
Pero hace siete años decidiste que no más. Y ahora desde tu "rincón tranquilo" y con tus párpados caídos y "pesados como juicios", salvada, aún te negás a aceptarme de vuelta en tu vida. Tonta y más que tonta. Si es que no te das cuenta, que antes eras más fuerte, menos vulnerable. ¿Es no que te acordás que llegó un momento en que no te entraban ni las balas? Cuando bloqueaste tu corazón a todo menos a tus amigos, sufrías menos. Cuando te importaba un bledo la vida de tu entorno eras más libre.
Entrá en razón, loca, que la vida no es esta que viviste durante siete años. Que el verdor de un valle perdido entre montañas lejanas no da la felicidad. Que la felicidad no existe. Que es una quimera. Que la gente usa y tira. Que no sos indispensable para nadie salvo para tu hijo. A propósito, ¿te acordás cuando decías que nunca tendrías hijos porque para ser una buena madre no había que ser egoísta? Qué mala memoria que tenemos, piba. ¿Y cuando decías que te ibas a comer el mundo con tus papeles españoles? ¿Y que te ibas a recorrer toda Europa vos sola sin nadie que te jodiese?
Dejate de historias y devolveme a la vida, que te la vas a pasar mejor. Solas, vos y yo. Y quién te dice que algún día no sea yo más fuerte y quien te borre de un plumazo esta vez sea yo a vos. Pensátelo flaca, lo bien que nos la pasábamos las dos solas... Pensátelo.

Un abrazo,
Bettina

Contestación

Es obvio que no te maté, estás ahí, pero en privado, en privadísimo. Nadie te ve, tú lo has dicho. Y mientras me quede algo de aliento nadie te verá. No, porque si te volvieran a ver verían soledad, verían una profunda tristeza y demasiado rencor. Hoy vuelvo a pasar otra página y en este libro tú no estás. Este libro se comenzó a escribir aquel 20 de dicembre de hace siete años y medio al poner un pie en un avión por tercera vez. Este libro está perfumado de amapolas y romero. Huele a campo, no a tubos de escape de ciudad mediocre venida a menos. A este libro lo escribo yo, ni tú ni nadie más y menos los lejanos ecos del pasado. Pa-sa-do, pi-sa-do. Que te quede claro. No pienso volver atrás, pero si reciclarme. Desde hoy pienso restablecer la risa, disfrutar de este mi valle, no el tuyo ni el de nadie, el mío, el que solo ven mis ojos a pesar de que los pienses "pesados como juicios". Y déjame que te diga que la felicidad si existe y tiene nombre y apellido, y un par de ojos azules, y tiene el nombre de un lugar donde supe encontrar la paz que jamás me habían dado ni tú ni el entorno en que que te movías. Ahora prefiero las gentes sencillas -los paletos, como les llamarías- a las señoras aseñoradas, a los señores de zapatos lustrados y mucha jeta. Ahora prefiero el olor a monte, quitarme horas de ocio por jugar al fútbol en la calle de mi casa. Prefiero la sonrisa sincera de mis hombres a las palmaditas por la espalda y el tajo por la espalda. Prefiero una tarde de lluvia sin siesta jugando a las cartas. O una tarde de sol caminando por el camino a Carramonte cogida de una manita regordeta. Puedes irte, yo ya te he vencido. Solo puedo prometerte que lucharé con todas mis fuerzas por conservar lo que tanto me ha costado y enterrar de una puta vez por todas a mi pasado lejano o cercano. Te prometo que esta es la última vez que me afecta el sur, ya ves, de algo sirve el acorazado. Ya no quiero noticias de allí de ningún tipo, y sabes a qué tipo de noticias me refiero. Anda, vete por donde has venido y no vuelvas, que es inútil, que han tensado la cuerda demasiado. Ya sabes que no soy de encontrar mis límites fácilmente, pero que cuando los encuentro, ya no paso ni dejo pasar. Hace ya unos días encontré uno y no hay vuelta atrás, me conoces. Anda, vete, no pierdas más tu tiempo que ya es demasiado tarde. He probado lo bueno, ya no te quiero a mi lado.

miércoles, mayo 7

Despertares

Leyendo a Nerim en esta mañana de desgano, y ya van muchas, me sentí una idiota en toda regla. Estoy desganada, des-energetizada, abandonada de pensamiento y obra. No soy yo.

No se si los chupópteros de la vida me han dejado así o he sido yo misma la que me he “chupopteado”, tampoco me lo cuestiono, hasta eso me cuesta trabajo. No tengo ganas de nada más que de dormir. Miro mis colinas ya verdeando por el valle y me siento aún peor al pensar lo que mis ojos y mis pies se están perdiendo, pero las ganas no llegan. No tengo ganas ya de pelear con el mundo, ni con los míos ni ajenos. No quiero cambiar nada, no me motiva nada más que la sonrisa de mi hijo.

Me sentaría a escuchar los pájaros del valle renaciendo eternamente. Mi mente pide paz, sosiego, calma. Me niego a pensar, necesito descansar y no lo logro cuando la ropa se apila en le cesto y los cojines no están en su sitio. Supongo que el caos a mi alrededor es fiel reflejo de mi estado mental actual.

Pero este post de Nerim me ha hecho despertar alguna de las neuronas en letargo, porque me han dado ganas de ponerme en marcha aunque sea un rato y al menos ponerme a escribir este post y descargar un poco esta lejanía de ganas, este sentimiento que se ha colado en mi cuerpo sin previa ni posterior invitación.

Excusas tengo miles, pero más excusas tengo para emprender de nuevo la actividad no obligada, esa que se supone se hace por placer. No es una cuestión de comida sino de alimento del alma, por eso ahora mismo pegaré un salto y me pondré a ello. Cada uno es responsable de lo que le pasa en gran medida, y no me puedo permitir el lujo de boicotearme esta primavera; ni debo ni quiero. Lo que debo, me debo, es defender mi alegría, despertar mi conciencia a la vida. ¿Quién lo va a hacer si no?

lunes, mayo 5

Pues va a ser que no

¿Soy yo la única persona que detesta a los teleoperadores? ¿Soy yo la única que no logra hacerse entender con los de Telefónica de España? Hablo del 609 al que llevo casi un año suplicándole que me cambien el número de tarjeta de residente por el número del DNI en la factura del móvil. Llevo casi un año escuchando, "tranquila que el número ya está cambiado"; "no, no está cambiado, ya mismo se lo cambio", "no, no está cambiado, lo que tiene que hacer es enviar un fax a este número especificando el tipo de cambio, el antiguo número y el nuevo número con el nombre del titular y el número de móvil”, “no, no hemos recibido el fax”, “no, tampoco el fax número tropecientos que dice usted haber enviado”, “mejor envíe un burofax”.

Pero lo de hoy me superó, con lo de hoy me llevaron los demonios y llamé gilipollas a la teleoperadora, y me cagué en su puta madre (después de colgar). Hoy, después de tres meses de gestiones para poder tener nada más que 256 K y una antena (satélite) que me iba a permitir navegar cinco veces más rápido que lo que me permite ahora mismo este cacharro, que me iba a permitir una velocidad, que aunque sea 24 veces más lenta que cualquiera de las vuestras, me dicen que no. No hay cobertura; eso sí, a la línea de teléfono me la iban a enchufar igual sin preguntarme si la quería o no. Y estallé, ya no pude más.

Me cago en Telefónica, en sus teleoperadores sudacas y españoles y en la madre que los parió a todos. Y me diréis que me cambie de operador, que existe Orange y Vodafone y Ono y qué se yo cuántos más. Pero no puedo, por aquí solo hay cobertura de Telefónica, poder absoluto, centralismo, monopolio. La Soria rural no existe. Todos esos miles de carteles que se leen por doquier son una cruel falacia. "Ayudemos a que los jóvenes no se vayan del entorno rural". Y una mierda. "Apoyemos a la mujer rural", durante las campañas preelectorales. Y así vamos, es un suma y sigue. Pero si es que en el tercer mundo tienen mejor acceso a Internet, coño!

Y anda que no he explicado que lo necesito para trabajar, que descargar un archivo de 1 mega es una tortura china, que me da igual si puedo o no descargar pelis o música, que esta lentitud de conexión me quita horas al día para ser persona además de trabajar.

Nada, a partir de ahora quito los tacos de mi vocabulario, a partir de ahora en vez de decir uno diré, 1004, o 609. Quedo de puta madre y encima me descargo.

viernes, mayo 2

La primera gran foto de tu vida



Tuviste que atravesar el mundo con apenas 10 años. Tenías miedo, estabas tenso, decías que nunca serías feliz aquí, ¿te acuerdas? Hace ya casi un año te dije que un día como el de hoy te volvería a preguntar si querías volver al sur y te prometí que me contestarías que no. He cumplido mi palabra, sobrino mayor favorito. Ahora te toca a ti cumplir con tu parte. Ahora te toca a ti hacer lo que me prometiste: que te esforzarías en ser feliz.


Y hoy cuando bajaste mi calle de pequeño pueblo castellano hacia la iglesia, vestido de capitán; tan alto, tan nervioso, tan contento, me sentí más orgullosa de ti que nunca. Porque has podido, Santi. Has podido con todo, y lo más importante: has podido contigo mismo.