sábado, junio 5

Almas gemelas ... o casi.


Soy la tercera de 9 primos. Nueve primos que corríamos por la calle 33. Nueve primos que cantábamos bajo la lluvia, que nos revolcábamos en los charcos, que trepábamos los ciruelos llenos de frutos amarillos o morados. Soñábamos encima de las higueras a la hora de la siesta, nos bañábamos en la pileta de lavar las verduras del Tata, corríamos alrededor de una noria que fue pero que nunca vimos. Nos escondíamos en nuestro escondite secreto debajo del jazmín de la Nona. Juntábamos trozos de porcelanas que recogíamos producto de varias horas bajo el sol uruguayo de enero. Bochorno, pies descalzos y mucha, pero mucha imaginación. Imaginación a raudales.

Cada uno de nosotros tenía, como no puede ser de otra manera, sus individualidades además de un apellido en común: el apellido italiano del Tata. Ojos claros y rubios, la gran mayoría de nosotros y traviesos, si, pero sin pasarnos.

La alfalfa y la avena para la yegua que araba la quinta eran sitios deliciosamente prohibidos y frescos y suaves donde tumbarse a la hora de la siesta. El agua fresca del pozo que enceguecía si tocada por algún impertinente rayo de sol, fue testigo de grandes representaciones teatrales.

Pero de todos ellos, dos eran especiales para mí, el que me precedía: Sergio, y la que me sucedía: Carolina; Carola por aquel entonces.

Mal genio, igual que el mío. Mucha imaginación: como la mía. Ojos avispados, como los míos. Inteligencia aguda, perspicacia, locuacidad. La vida se empeñó a cruzarnos los caminos. Cuando ella estuvo en Bilbao yo aún seguía en el sur. Cuando yo me vine al norte, a ella ya le había reclamado el "río como mar".

Hacía ya que no estábamos en contacto, más que nada, supongo, por culpa de estas dos cabezas demasiado estructuradas. No recuerdo jamás haber discutido con ella. Solo con mirarnos nos hemos entendido siempre. Hoy, solo con escribirnos siento que sabemos exactamente de lo que la otra no quiere hablar o lo que a la otra le está pasando o de lo que quiere decir entre líneas.

Y haciendo una vez más uso de mi imaginación, no puedo evitar imaginarnos, no demasiado lejos en el tiempo, abrazadas mirando Arantxipía, el sitio donde seguramente empezó, en el siglo XIX, a cocinarse la historia de nuestras vidas.