“Las manos en el bolsillo, caminando por el pasto, con los libros bajo el brazo, andaba silbando bajo.”
Hoy releía algunos de mis antiguos posts y vuestros comentarios cuando uno en especial me llegó al alma. Era, como no, de Raiko. Me decía que era interesante leer sobre mi pasado pero que esperaba algún día poder leer algo bonito sobre mis relatos del sur. Inmediatamente vinieron a mi memoria recuerdos de mi niñez que ahora mismo por capricho, más que por no recordar, no me apetece traer a la memoria. Sin embargo, recordar mis años en la Argentina, los primeros, los de libros bajo un brazo y termo y mate bajo el otro, si.
Teníamos todos entre 18 y 22 años y ni un duro en el bolsillo. Nos aglutinábamos todos en la coupecita de Gustavo. Éramos siete más la guitarra del Cachi, varios termos de agua caliente y cebaduras de mate y mucho tabaco de la marca que permitiera la altura del mes. Ganas de vivir y de protestar y de cantarlo a grito pelado. Nos íbamos a La Salamanca, cerca del río, apenas empezaba a despuntar la madrugada. La flaca aprontaba el mate, el Cachi sacaba la guitarra y todos cantábamos aunque tuviéramos la bombilla en la boca. Piero, Pedro y Pablo, Fabiana Cantilo, Virus, Silvina Garré, la Negra Sosa, León Giecco, y tantos más…formaban parte de nuestro repertorio de canciones de amor y de protesta, porque eran los finales de los ochenta, porque se acababan las dictaduras y porque aún delirábamos con que los jóvenes íbamos a cambiar el mundo.
Nuestros ochenta, mis ochenta, no tenían nada que ver con la movida madrileña salvo en las espantosas hombreras. Ni corría el hachís, ni la marihuana ni el alcohol: sencillamente no había pasta para eso. Apenas nos daba para tabaco cuando daba, y si no a compartir. Lo nuestro era cantarle al viento porque ni siquiera nos escuchaba nadie, salvo algún milico despistado que nos decía que las de Piero las cantáramos bajito.
Cuando había algo de pasta nos íbamos al bowling (la bolera, los bolos) y nos pasábamos horas buscando un strike. Charlábamos, arreglábamos el mundo, despellejábamos a los profesores de la facu, amábamos con locura y desenfreno. Y nos creíamos libres. Y éramos tan felices…
