
Libertad
Caída libre
Amor
Escrito en mayo de 2000


Viviendas rupestres y edificio de las termas
Graderío rupestre. El objetivo de este post es mostrar de alguna manera la belleza que encierran estas ruinas por las que no me canso de pasear aun después de seis años.
Os invito a dar un paseo virtual por la Petra de Occidente.
http://www.tiermes.net (Página oficial)
http://oboe.quim.ucm.es/luis/tiermes.htm
http://www.gumaro.com/Soria/tiermes.html
Miro a mi alrededor para llenarme de él. Aspiro el aire hasta que siento que hiende mis pulmones. La brisa fresca y mi piel son una. Pierdo mi vista en los cerros, la dejo deambular por los encinares perennes, volar con los buitres leonados hasta las cumbres para dejarla luego caer en picado tras su vuelo.
Me aromatizo de romero y hierbabuena de los campos. Me reverdezco de prados de trigales incipientes. Me uno al cantar ostentoso de un río que no puede hacer gala de grandeza, pero canta. El aire y yo somos uno. Siento las raíces que nacen de mis piernas confundirse entre la tierra muy profundamente, como abrazándola. Me pierdo entre los sabinares, recojo piedras que energizan mi cuerpo y me recuerdan que aún estoy aquí. Dibujo la sinuosidad de las laderas de la sierra. Pinto de colores perlados los montes yermos ya de manantiales mientras algún cervatillo descubre mi presencia y huye sin que haga falta.
Abrazo la vida en este valle, mi valle. Cada segundo de vida aquí es ceñido por mi alma. Alma que oculta, pero sabe del miedo que con insistencia tenaz asalta mi mente.
Esta es mi obsesión; temo que todo en esta vida mía, ahora, sea un sueño. Y que me despertaré tristona, apagada, añorando este sitio sin haber estado en él. En mis peores pesadillas, las que se deslizan sin permiso mientras velo, me despierto en el sur que me hizo tanto daño. Es entonces cuando siento un frío sepulcral rodear mi esencia, como si la visita de la misma muerte se anunciase.
Por eso vivo cada día como si fuera el último. Por eso intento acallar mis fantasmas tocando, viendo, observando, escuchando y comulgando con este valle mío. Y cada mañana, desde mi ventana veo mis paisajes y mentalmente me aseguro que sigo aquí, que nada, ni el malvado ensueño logrará arrancarme de mi lugar, de mi sitio, de mi patria chica, de mi hogar.

Aclaración: Odio las tareas del hogar.¿Debo llamar urgentemente para pedir cita con un psiquiatra?

"Madreselvas en flor
que me vieron crecer..."
Tus manos, lejos del refinamiento, tampoco eran manos toscas. Uñas largas, relativamente bien cuidadas carentes de cualquier brillo que no fuera el natural. Natural como eras tú.
Bordabas las sábanas de las niñas de la sociedad de la época. Corrían los setenta. Desplegabas los dibujos que luego rellenarías con hilos blancos y pintarías bordando con hilos matizados, que eran los que se llevaban. Flores, hojas, puntitos, vainillas, arrocitos, como le llamaba yo a los puntos alargados. Las sábanas de los ajuares se bordaban de blanco.
Yo oía el traqueteo de tu máquina Singer y observaba el movimiento de balanceo de tu cabeza, el movimiento de tus manos al elaborar la obra de arte mal pagado.
Eras una adelantada para tu época. Libre como el pájaro del cielo. Amabas los tangos y Gardel aún te seducía. No recuerdo que me hayas leído nunca, pero si tengo aún, resonando en la memoria, fragmentos de aquellos interminables poemas que recitabas de memoria. Poemas aprendidos de la radio, en tu juventud. ¿Por qué nunca los copié? ¿Por qué nunca te pedí me los copiaras?
Tampoco tengo fotos tuyas, ni una. Ni falta que hace. Mi memoria tiene un álbum completo y un diario de mi niñez junto a mí.
No hacían falta lazos de sangre para llamarte tía. Eras parte de mi alma, parte de mi corazón. Esa abuela postiza que estaba cuando las de verdad no estaban. Fuiste parte de mis mañanas, de mis tardes, de mis primeras tazas de té con scones con el juego de loza negra de tu madre que tanto me gustaba. Adoraba tus bizcochos de limón y tu tarta de coco. Me encantaba empalagarme los dedos con el limón mezclado con azúcar que quedaba encima de la mesa. Y aún te oigo llamándome cochina por hacerlo.
Son muchos, tantísimos los recuerdos a tu lado, pero el que más me transporta es el de tus olores. El de aceite de coco con yodo de tu piel en verano. El olor a húmedo de tus revistas viejas y de las fotos en sepia de tu juventud. El olor al cáñamo de los sillones de tu sala y de las fresias de tu jardín.
El sabor de las manzanas enanas, el de las fresas recién cortadas del huerto, tu papilla de harina de maíz con azúcar quemada y de los duraznos en almíbar.
Pero también está el recuerdo táctil de las hojas de seda, y de la crea en la que bordabas. El tacto áspero de los carretes de hilo vacíos con que armaba mis torres. La sensación de mis dedos dibujando lo gordito del bordado. Y tu piel arrugada, pero suave.
Te fuiste en silencio, sin hacer demasiado alarde. Fuiste me tía, mi tía del alma. Y al partir te llevaste mi niñez arremolinada entre tus manos y mis tardes de verano de la infancia.

Cuando los jefes no saben lo que dicen, dicen cosas como ésta:
"A partir de mañana, los empleados van a entrar al edificio
usando tarjetas individuales de seguridad. El proximo miércoles
se les tomarán fotografías y en dos semanas recibirán la tarjeta."
(Fred Dales, Microsoft Corporation en Redmond, Washington.)




Eras bajito y castaño, tus ojos azul verdosos. Tus manos pequeñas, inquietas. Tu sonrisa de niño lo iluminaba todo. Eras ágil y locuaz. Eras sensible y tierno.
Luego la vida te azotó no sé de qué manera ni cuándo. Tus ojos están siempre como llorosos. Tu boca otrora relajada ahora se muestra dura, apretada, como en un rictus. Tu piel oliva, ahora más curtida por algún sol que no fue el mío.
Te fuiste alejando lentamente, poco a poco. Sigo sin saber por qué. Y te busco y no te encuentro. Y te extraño, y ya no estás. Y me duele, me duele tu partida.
Sangré contigo, viví contigo. Pero ya no.¿Por qué? Me pregunto por qué una y otra vez y no logro contestar a la pregunta. ¿Qué fue de los momentos compartidos? ¿Qué se te pasa por la cabeza cuando los recuerdos te asaltan? ¿O es que no recuerdas las tardes jugando a las cartas? ¿O los picados en la cancha improvisada en el baldío de al lado? ¿O las bolitas en el patio cuando aún el césped no llegaba a cubrirlo todo? ¿Y los domingos desayunando con tostadas al lado de la chimenea? ¿Te acuerdas? ¿Te acordás? ¿Y de las tardes en la quinta del tata? ¿Y de los veranos en Piriápolis?
Me niego aceptar que a ti no te invaden los recuerdos. Que a ti no se te eriza la piel al pensar en los paseos en bici por la playa, tú delante, yo detrás, porque no teníamos dos. Sólo la verde. ¿Te acuerdas? ¿Te acordás? La tarde aquella de los setenta que llegamos a la esquina y vimos aquel jeep cargado de milicos con armas apuntando, y nos fuimos corriendo de miedo y de no entender. De no entender como ahora no entiendo yo.
Las chuletas que te escribía yo cuando tenías un examen. Las explicaciones mías al director del colegio de curas para que no te amonestaran. Los ratos compartidos, la vida juntos no puede escaparse de tu memoria.
No estés ausente. Explícame, enfádate o abrázame. Pero no te hagas ya el indiferente. No puedes ser indiferente a tantos años de tu vida.
¿Que me fui y estabas solo? ¿Qué no estuve allí una vez más para correr en tu auxilio? ¿Qué no te comprendí? ¿Qué no quise sacrificar mi vida más por ti? ¿Qué no justifiqué tus errores? ¿Qué, dime, decime, qué? Pero dime, explícame, cuéntame que ya no puedo más con este dolor, el de tu ausencia.


