
Parecían Didi y Gogo en Esperando a Godot. La diferencia era que su Godot sí vendría.
Sentadas en el portalejo durante interminables tardes al sol. Reñían, discrepaban por todo lo que se os puede llegar a ocurrir.
Vestidas de riguroso luto, se plantaban el pañuelo para evitar el sol en la cabeza. Cabezas con pocas ideas según ellas mismas al referirse a la cabeza de la otra. La charla giraba entorno a quien salía o a quién entraba, al precio de las patatas del frutero que llegaba una vez en semana al pueblo, o si habían o no apagado el gas.
Sus conversaciones se llenaban de recuerdos de juventud. La misma que se había ido lejos para no volver. En estos momentos era cuando más se crispaban al hablar. Nunca coincidían las fechas ni los sucesos para ellas.
Habían nacido por allá por los años ’20. Sabían de guerra y de post-guerra, de hambre, de trabajo arduo de sol a sol, o de fríos que helaban la sangre; de parir hijos que luego se fueron a las capitales en pos de una vida nueva. Sabían de maridos que no aceptaban un no por respuesta, de dolorosos y doloridos silencios. Sabían soportarlo todo. Y aún lo saben, hasta el tedio que invade sus días.
Cada tarde las veía yo en su enzarzada conversación al solillo. Al verlas asomarse a la calle me preguntaba, me pregunto qué esperaban. Y a menudo se la respuesta.


















